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Alianza IV
Estaba volviendo a perder altura. Aquella maldita nave, Alianza IV, volvía a dar problemas. Imaginé que aquello terminaría pasando antes o después...
Por Aulcano Publicado en Amor, Ciencia-Ficción, Drama, Erótico, Fantasía, Todas las categorías en 12 julio 2020 Un comentario
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Estaba volviendo a perder altura. Aquella maldita nave, Alianza IV, volvía a dar problemas. Imaginé que aquello terminaría pasando antes o después; desmontar, limpiar y volver a montar una pieza tan crucial e importante para el funcionamiento de los motores como son los inyectores no era tarea fácil. Debía haberse hecho tras la última misión, cuando notifiqué la incidencia al equipo de mecánica aeroespacial. Deberían haber sido reemplazados antes de mi partida, ya que hacerlo a mitad de la misión y en la situación en la que me encontraba, con la avería en pleno apogeo, me habría resultado muy difícil; la nave ya era antigua y encontrar recambios, aun no siendo estos nada especiales, se tornaba una tarea imposible.

A cada segundo que pasaba, la nave perdía más velocidad y altura. No era la primera vez que me pasaba algo así, y la sola idea de tener que esperar a un remolcador, en el supuesto de que hubiese, en el centro de una galaxia desconocida y en la soledad más absoluta, me inquietaba sobremanera. La vez anterior que Alianza IV se estropeó fue en una misión hacia la galaxia de Barnard. El remolcador tardó más de 90 horas en llegar, tiempo suficiente para que me sintiera desesperado. El vacío cósmico, la negrura profunda y las distancias imposibles de asimilar, me llegaban a producir opresión.

Accioné el botón que ordenaba a la nave consumir el combustible de reserva y me abroché el cinturón. Fue un aterrizaje forzoso. El radar había señalado un planeta de superficie sólida y atmósfera rica en oxígeno, en el que parecía viable aterrizar. Marqué en el mapa de campo de aterrizaje una zona amplia y con pocas irregularidades para no terminar de estropear aquella antigüedad de nave. Esperaba que el planeta no estuviera habitado o que, de estarlo, los habitantes fueran al menos amigables: iba a necesitar bastante tiempo para hacer una reparación medianamente fiable como para poder llegar hasta casa. Allí podría encargarme de no volver a pisar la nave hasta que fueran sustituidas las piezas necesarias o me dejaran pilotar la Alianza V.

Cuando la nave al fin aterrizó, no sin algo de dificultad, la compuerta principal se abrió y me confirmó que el planeta era rico en oxígeno, de no serlo ninguna de las compuertas se habrían abierto por seguridad; en estos casos, en los que la nave ya era vieja y podía fallar, era mejor que nada una segunda confirmación.

Rápidamente lo noté; me costaba respirar, era como si estuviese a unos 3000 metros de altitud en mi planeta, donde ya comienza a escasear el oxígeno y hay menor presión atmosférica. Sufrí de breves dolores de cabeza y mareos, pero al cabo de un rato mi cuerpo terminó de aclimatarse.

Aquel lugar era hermoso, la vegetación ante mí se extendía hasta donde lograba alcanzar la vista, y los oblicuos y verdosos rayos de un sol que desconocía se vertían generosamente sobre anchos y altos árboles que nunca antes había visto. Todo parecía de ensueño y por eso mismo decidí dar un paseo de reconocimiento antes de ponerme a reparar la nave. Me armé con mi viejo fusil de caza y eché a caminar.

Me adentré entre aquella exuberante vegetación, de un radiante color verde enfatizado por la luz extraña de su estrella esmeralda. Diminutos destellos dorados revoloteaban a mi alrededor y se mezclaban con el delicado aroma de la multitud de flores que poblaban aquel bosque húmedo. Aquellas flores parecían tener conciencia: tímidas, se entrecerraban a mi paso escondiendo entre sus pétalos el secreto de su belleza, para reabrirse, curiosas y juguetonas, cuando yo las había dejado atrás. Incluso creí escuchar unas risitas infantiles emanar de ellas.

El juego de luces, la falta de oxígeno y el narcótico olor me sumieron en un leve estado de somnolencia, apagando mi estado inicial de alerta. Me sentí extrañamente bien.

A lo lejos escuché el inconfundible susurro del agua que, cantarina, debía estar cayendo de una leve cascada. Avancé hacia el origen de aquel rumor para descubrir de qué se trataba. No estaba de más encontrar una fuente de agua potable, aunque en la nave hubiera bastante, al fin y al cabo, no sabía cuánto tiempo tardaría en repararla.

Aparté las gigantescas hojas de lo que parecía un helecho de dimensiones impensables en la tierra y fue entonces cuando la vi. Primero pensé que era fruto de mi estado alterado de conciencia, pues no era posible contemplar una criatura como aquella, a medio camino entre una hermosa ninfa de agua y una de las impresionantes flores que me había encontrado por el camino. 

Su delgado cuerpo desnudo era hermoso; su piel, de un matiz verde, difícil de describir por la intervención de los rayos que poseían una tonalidad similar, se asemejaba al jade bruñido. Sus pechos, firmes, eran simétricamente redondos y perfectos. Y su cabello, largo y del color del fuego, pareciese mantener una cautivadora lucha con el agua en cada brazada dada.

Inconscientemente mantuve la respiración y avancé con sigilo. Ella aún no me había visto y en ese mismo instante se disponía a salir del agua; con un ligero movimiento se impulsó con los brazos y salió. Su cuerpo, completamente mojado y adornado por cientos de pequeñas gotas, hizo que me detuviese, fascinado: era perfecta y hermosa.

Cuando pronuncié la primera palabra para llamar su atención, ella ya parecía haberse girado y me observaba fijamente, con aquella mirada de fuego; así permanecimos por breves segundos hasta que, nerviosa, dio unos pocos pasos y desapareció entre la vegetación sin decir nada. No hice el menor intento de seguirla, no estaba seguro de lo que acababa de pasar y una extraña sensación de hormigueo me recorría todo el cuerpo.

A la noche me acomodé lo mejor que pude en la nave e intenté dormir: extraños sonidos que venían del exterior me incomodaron, pero no le di demasiada importancia; la fauna de aquel planeta también tendría su actividad nocturna y estaba a salvo de cualquier depredador. No tardé en caer en un apacible sueño.

Aquella noche soñé con ella, con su mirada, su cabello color fuego, sus ojos, la curva de su cintura y caderas, sus pechos… y cuando quise seguir soñando, amaneció. Y ella se esfumó con los primeros rayos del alba.

El amanecer del nuevo día en aquel planeta esmeralda me trajo consigo la imperiosa necesidad de volver a verla. Los recuerdos difusos de mi sueño nocturno la habían colocado una y otra vez, desnuda, ante mí. No podía dejar de pensar en el brillo de su piel de jade y de sentir en las palmas de mis manos el deseo irresistible de tocarla. Anhelaba dispersar con caricias las brillantes gotas de agua de su cuerpo, sobre las que se reflejaba la luz como si fueran diamantes. Recreaba en mi memoria una y otra vez el calor inmenso que brotaba de su mirada profunda.

Debía arreglar la nave y dar parte de mi posición, pero todo lo que no fuera aquella hermosa criatura que vi nadando en las aguas cristalinas, carecía de importancia para mí en aquel momento. La atmósfera etérea del planeta y la sensación de tranquila somnolencia que había sentido desde que llegué a él, se llevaron lejos mis problemas y los convirtieron en algo intrascendente. En realidad, no había nada en La Tierra que me apremiara a regresar. Había encontrado algo muy parecido al paraíso y quería indagar más.

Regresé al lago. Me sentaría cerca de la orilla a esperarla, me daba igual el tiempo que tardara en aparecer. Me deleitaría mientras tanto imaginándola entre el suave susurro del agua y el leve movimiento que la brisa hipnótica imprimía a las ramas gigantes de los árboles.  

Llevaba un buen rato soñando despierto con ella, cuando un leve sonido de hojas moviéndose me sacó de mi embeleso. Entonces la vi. Mi corazón se aceleró y sentí dolor en el pecho de tanta emoción como me embriagó. Llegaba desnuda hasta unas rocas; quizás allí no llevaran ropa y vieran la desnudez con sencilla naturalidad. Su piel brillaba, húmeda, y desde las rocas se lanzó al agua con agilidad, como si estuviera acostumbrada hacerlo.

Necesitaba hablarle:

—No tengas miedo, no voy a hacerte daño —le dije cuando salió a respirar a la superficie del agua, cerca de mí. Ella me observó, curiosa. Miraba mi piel y mis ropas con gesto de extrañeza. Emergió entonces completamente del agua y se colocó frente a mí, tan cerca, que pude aspirar el aroma que exhalaba su cabello de fuego.

Ella no parecía sentir miedo pero yo, con su cuerpo tan cerca del mío y la visión de sus pechos redondos erizados por la brisa fresca, sentí una intensa excitación que traté de ocultar.

—No tengo miedo —me dijo con una voz dulce—, solo te observo. ¿Quién eres?

La emoción me oprimió aún más el pecho: no podía ser, hablaba el mismo idioma que yo.

—Soy un ser humano, mi nave, Alianza IV… —callé de pronto; no podía explicar con tanto detalle cosas que probablemente no conocía y de las que requeriría que las viese para comprenderlas —. El vehículo con el que he llegado hasta este planeta, desde el espacio, se ha averiado. Ahora no puedo volver a casa.

Ella pareció divertida.

—¿A qué planeta perteneces? —Dijo dando un paso hacia atrás y alejándose un poco de mí; sus bellos y curiosos ojos no dejaron por un momento de mirarme.

—Soy de La Tierra, es un planeta que se encuentra en un sistema planetario que llamamos Sistema Solar, en uno de los brazos espirales de la Vía Láctea.

Se hizo el silencio. Su desnudo cuerpo ante mí no dejaba que mis pensamientos fluyesen con naturalidad.

—He oído hablar de ella. ¿Es tan bella como este?

—Yo diría que sí —contesté tras vacilar breves instantes—. Sí es verdad que tiene sus diferencias pero ambos son muy hermosos… —tragué saliva—. Como tú.

Tras escuchar aquellas palabras sonrió levemente y agachó la cabeza, ruborizada. Luego hizo algo que jamás habría imaginado: se acercó a mí mucho más que la primera vez, puso una de sus delicadas manos sobre mi pecho y llevó sus labios a una de mis orejas.

—Los habitantes de un planeta muestran la belleza de este. El tuyo es hermoso —susurró.

Volvió a ponerse frente a mí; sentía la energía, el calor que desprendía su cuerpo. Nos miramos por largos segundos hasta que finalmente ella se alejó.

—¿Quieres bañarte? —me preguntó.

Sin dudarlo asentí.

La naturalidad con que acogía mi existencia me resultó pasmosa. Me quité la ropa y la seguí hacia el lago, sin poder apartar la mirada de su cuerpo desnudo escondiéndose con lentitud bajo el agua. Su pequeña mano en mi pecho y su susurro haciéndome cosquillas en la oreja, me habían producido un dulce mareo; ella, de alguna manera, me había dejado claro que yo le gustaba y me invitaba a seguirla al elemento al que parecía pertenecer.

La presencia de aquel ser fascinante me había hecho sentir un calor intenso, pero el agua era refrescante. Su cuerpo, como una piedra preciosa, brillaba húmedo. La luz bailaba sobre su piel a medida que se movía, regalándole a mi vista tonalidades asombrosas que impulsaban aún más mi deseo de acariciarla. Por momentos, mi pequeña sirena cerraba los ojos y se zambullía, como si fuera un ser de agua, se fundía con ella y se volvía incorpórea, para adoptar después forma sólida cuando salía a la superficie. Su cabello, como un coral de fuego se pegaba a su piel, tapando sus pechos firmes y dejando entrever apenas sus pezones.

Me aproximé a ella sin pensar, llevado por el deseo de saber más, de sentir su piel y de volver a notar el susurro de su voz dulce cerca de mí. Una sonrisa pícara se asomaba a sus labios gruesos, como si adivinara mis pensamientos y me invitara a hacerlos realidad.

Quería observarla mejor, aparté con delicadeza el cabello de sus pechos y me acerqué a su cuello. Noté un cosquilleo de deseo en mis labios y, al aproximarme para hablarle, aspiré su aroma y lo llevé al interior de mi pecho. Su suave olor a flores me aturdía y me hacía perder la noción de lo que hacía. 

—¿Qué eres? —le pregunté en un susurro que me llevó a rozar su cuello apenas con mis labios mientras sostenía aún entre mis dedos un mechón de su pelo.

—Soy un ser semiacuático. Vivo cerca de lagunas y arroyos. Puedo convertirme en agua cuando me sumerjo—. Se aproximó tanto a mí que rozó mi pecho levemente con el suyo y llevó el dorso de sus manos a mi cara, en la que asomaba ya la barba de un par de días. Después pasó uno de sus dedos pequeños por mis labios. Yo le generaba tanta curiosidad como ella a mí.

—Cuéntame algo más de ti —me dijo en voz baja.

—La raza a la que pertenezco aún no conoce su verdadero origen —dije lentamente y en susurros —. Hay teorías… pero se quedan en eso, teorías.

Mis labios seguían cerca de su suave cuello. Ella apretó aún más su pecho contra el mío y pude notar el acelerado latido de su corazón y sus pezones duros por la excitación.

—¿Entonces aún no habéis descubierto vuestro lugar en el universo? —preguntó ella y quise percibir una leve sonrisa.

—No. Pero creo haber descubierto mi lugar individual en él.

Me moría de ganas por explorar su cuerpo, por recorrer con mis manos sus muslos, nalgas, caderas y pechos y perderme de forma plena en toda ella.

Un suave roce de su pierna en mi erección pareció confirmarle mi deseo. Sonrió y, sin despegar su cuerpo del mío, me cogió suavemente las manos y las colocó en sus caderas.

Coloqué mis labios en su cuello y, despacio, lo besé. A medida que mi lengua exploraba su piel de seda y ascendía hacia sus labios gruesos, mis dedos se perdían en su espalda y bajaban hasta sus nalgas. Momentos antes, había observado con deseo su suave contoneo mientras caminaba, había hecho que me mordiera los labios de ganas de hacerlas mías, así que necesitaba sentirlas en mis manos ya. Cuando las apreté, un leve gemido cerca de mi oído me hizo saber que estaba tan excitada como yo.

No había manera de parar la pasión que se había desatado en mi cuerpo, necesitaba poner fin al ansia voraz que me había ocupado la mente desde que la vi por primera vez.

Cuando nuestras lenguas se encontraron, el sabor de su boca me invadió e hizo que me urgiera devorar sus besos con más intensidad aún. La tumbé con delicadeza sobre la orilla del lago del que había emergido como una sensual diosa y comencé a descender con mi boca por su cuerpo perfecto, codiciando cada milímetro de su belleza. Ella se entregaba a mí sin reservas.

Sus pezones entre mis labios me enloquecieron, los chupé con anhelo. El aroma que exhalaba su piel me producía la sensación de estar sedado y sometido a aquel ser maravilloso. Sentía unas ganas extremas de entrar ya en su interior, pero frené mis ansias para dilatar el instante de placer al máximo.

Sus manos se perdieron en mi pelo y apretaron mi rostro contra su cuerpo. Sus piernas de curvas deliciosas se engancharon alrededor de mí y me llevaron hacia ella con firmeza. Sentía el deseo ardiendo en su interior y yo solo quería someterme a él.

Pero aún no era el momento.

Acerqué mi boca al lóbulo de una de sus pequeñas orejas y la mordí cariñosamente. Bajé a sus labios e hice lo mismo, ella quiso retenerme allí pero seguí bajando. Otra vez, frente a sus pechos, jugueteé con mi lengua en ellos por breves instantes, explorándolos; quería conocer el origen de su perfección. Sentía sus suaves piernas deslizarse por las mías a medida que iba bajando.

A mi paso de besos por su abdomen sentí como sus ojos se cerraron y emitió otro gemido de placer. Sabía a dónde me dirigía y aquello aceleró su respiración. La humedad de su cuerpo pronto se encontró con la del mío, haciendo nuestras caricias aún más excitantes.

Me acerqué a su sexo: sentí su calor y como su cuerpo se estremecía, y su respiración, hasta ahora acelerada y rítmica, se entrecortaba; entonces lo besé con pasión, una, dos, tres veces. Y unos gemidos de placer llegaron hasta mis oídos para complacerme aún más de lo que ya estaba.

Sus finos y delicados dedos volvieron a enredarse en mi cabello y allí juguetearon por un rato, mientras yo me mantenía ocupado. Luego me cogió de las manos, levanté la cabeza para mirarla; sus pupilas dilatadas y una sonrisa pícara hicieron que subiese arriba a besarla con pasión y desenfreno.

Con el sabor de su sexo aún en mis labios, comí su boca con la misma desesperación que ella la mía. Parecía enloquecerla su propio sabor, succionaba mi lengua y la mordía a partes iguales. Su cuerpo palpitaba de deseo, se retorcía de ganas debajo de mi peso. Todo en ella me llevaba a disfrutar como nunca lo había hecho antes. Por fin llegó el instante que había estado deseando con fuerza desde que la viera desnuda por primera vez. Apenas en un susurro me pidió: Hazlo.

Con pasión entré en ella, mientras un jadeo profundo la hizo estremecerse debajo de mí y, con las ganas contenidas en el abismo del placer extremo, me dejé llevar por el momento. Su piel de agua y mi sudor se unieron mientras sentía que me dejaba la vida en aquellos momentos en los que sacudía mi cuerpo sobre el suyo, primero lentamente y luego cada vez con más fuerza.

Durante largo rato nos amamos, envueltos en el paroxismo pleno del placer, en la orilla de un lago a años luz de mi hogar. Todo nos parecía poco, intentábamos abarcar con nuestros cuerpos lo que sentían nuestras almas, pero parecía imposible expresar tanta intensidad, así que cada vez imprimíamos más fuerza.

Rodamos por la orilla hasta que sentí el fresco vaivén del agua en mi espalda. Se sentó sobre mí y observé extasiado sus movimientos sinuosos y sus ojos cerrados. Se mordía el labio inferior e inspiraba con fuerza, hasta que su respiración se convirtió en un jadeo rítmico y cada vez más intenso. El movimiento de sus pechos, al compás del de todo su cuerpo, me pareció tan enloquecedor, que no quise resistir el deseo de llevar mis manos de nuevo a acariciarlos.

Con una sonrisa pintada en su rostro hermoso y perfecto, disminuyó su movimiento y paró. Eso me hizo sentir extremadamente excitado, hasta casi no poder más. 

Se puso en pie y, agarrándome de una mano, me llevó hacia el agua. Unió su boca a la mía y me hizo sumergirme completamente, abrazado a su cuerpo. Una vez inmersos, me di cuenta de que mientras estuviera dentro de su beso podía respirar dentro del lago. Era fascinante formar parte de su mundo mientras la amaba.

Fue ella entonces la que tomó la iniciativa y, en la ingravidez deliciosa del agua, se penetró. Un burbujeo de placer salió de nuestras bocas y se perdió camino de la superficie. La mujer de jade comenzó a moverse como nunca pensé que alguien pudiera hacerlo dentro del agua, cada vez con mayor frenesí, hasta que ninguno de los dos pudo más. Me abandoné al deseo y expulsé en su interior todo aquel placer acumulado. Tras ese instante, sabía que si separaba su boca de la mía yo podría morir ahogado, estábamos a mucha profundidad, pero el placer que sentí fue tal, que si ella me hubiera dejado morir bajo el agua habría valido la pena.

Esa misma noche nos tumbamos boca arriba en una suave y cómoda pradera azulada, que solo parecía crecer de esa tonalidad cerca del agua, y hablamos durante toda la noche; envueltos en una tenue y rojiza luz que reflejaba un satélite que desconocía. La piel de ella adquiría ahora un matiz completamente diferente a la del día y se tornaba de un color rojizo y moteado. Llevé una mano hasta la de ella y entrecruzamos los dedos.

Hablamos de nuestros respectivos planetas, de sus habitantes, las costumbres, cultura, creencias… Me resultó curioso haber acertado en que su gente no concebía la desnudez como lo hacíamos los humanos, sino con total naturalidad. La forma en la que ella se presentó ante mí, sin prejuicios, me lo había confirmado desde un primer instante.

En repetidas ocasiones, cuando le formulaba una pregunta relacionada con su hogar o familia, su dulce sonrisa desaparecía y se mantenía distante, limitándose a contestar de forma breve. Por ese motivo decidí no hacerle más preguntas relacionadas con su vida.

Cuando le dije cuánto la quería giró la cabeza, me miró fijamente a los ojos y susurró:

—Doy gracias al universo por hacer que tu nave se estropease, pero sobretodo le doy gracias por hacernos contemporáneos.

Aquellas palabras hicieron que se acelerase mi corazón y, lentamente, la estreché entre mis brazos apretando cuidadosamente su cuerpo contra el mío. Cualquier cosa podía permitirme en aquel instante de paz menos dejar ir aquella sonrisa que me daba vida, que insuflaba calor a mi alma.

Ella se acomodó en mi pecho y su cuerpo menudo se perdió en mi abrazo. Quise dilatar ese instante hasta el infinito. ¡Ojalá hubiera sabido manejar el tiempo para crear un bucle eterno en el que ambos nos amáramos y descansáramos una y otra vez!

Las palabras en aquel momento dejaron de ser necesarias. La luna escarlata dibujaba, como si tuviera un pincel de acuarelas, una pintura inacabable en su piel perfecta, que había sido mía a medida que la tarde había muerto y el ocaso había lanzado su último destello. Ella era arte, todo cuanto quería ver durante el resto de mi vida. La observé mientras se quedaba dormida. El alba, poco a poco, con sigilo, como si temiera deshacer el hechizo de aquel instante precioso, despuntó sobre nosotros y nos bañó con su luz recién nacida. Yo no necesitaba descansar, solo ansiaba ver como su piel volvía a cambiar de color, al igual que un tornasol refulgente y hermoso. Ni una piedra preciosa podía compararse con aquel ser que dormía plácidamente entre mis brazos.

Lentamente, cuando la luz del sol nos inundó por completo, abrió los párpados. Sus ojos sonrieron al encontrarse con los míos, y su cabello, revuelto, pintaba de rojo la pradera azul junto a la orilla del lago. Lentamente se incorporó y juntó ambas manos sobre su vientre, lo acarició pensativa y me miró. Un gesto preocupado nubló su mirada transparente.

—Tienes que huir —dijo con angustia.

Esas tres palabras fueron suficientes para hacer añicos el frágil ensueño que nos había rodeado desde que rozáramos nuestra piel por primera vez. Como una delicada pompa de jabón que perece al roce de la dura realidad, su cuerpo se separó del mío mientras el eco de aquellas terribles palabras retumbaba en mi cabeza. Se levantó apresuradamente, yo hice lo mismo. Cuando me acerqué a ella, buscando un motivo a su brusco cambio de ánimo, se alejó aún más de mí. Me volvió a repetir que debía irme, que ya estaban allí, que no había nada que ella pudiese hacer; que finalmente la habían encontrado.

Desconcertado miré a un lado y a otro intentando atisbar algo entre la vegetación, pero me fue imposible, la espesura era tal que no me dejó ver más que unos pocos metros hacia su interior.

Me volví a acercar a ella, extendiendo la mano para tomar la suya… fue entonces cuando reparé en sus ojos que, como una viva flama, refulgían del más puro terror. Jamás habría imaginado que algo tan bello como aquel dulce ser, con el que había dormido aquella noche, pudiese ocasionarme tal miedo y rechazo.

—Tienes que huir —dijo de nuevo. Su voz sonoró dura e imperativa.

De pronto ahogó un chillido y, segundos después, un frío extraño, como nunca antes había experimentado, se apoderó de todo mi cuerpo. Mis rodillas se hincaron violentamente en la azulada hierba de aquel mágico lugar para seguidamente caer cuan largo era. Mi vista se nubló y una serie de convulsiones agitaron todo mi cuerpo como si fuese un trapo; lo último que pudieron ver mis ojos fue a ella, siendo fuertemente sujetada por dos fornidos seres de su misma especie; gritaba con todas sus fuerzas, mientras intentaba liberarse sin mucho éxito.

Luego, simplemente, dejé de ser parte de ese mundo. Mi conciencia entró en una especie de letargo vital, en el que el tiempo y el espacio perdieron todo su significado, y me hallé en un trance neutro entre la vida y la muerte en el que no era capaz de discernir más que ingrávida oscuridad, en la que feliz flotaba y era nutrido. Un tierno útero acogía el recipiente vivo que me contendría de nuevo.

Abrí más tarde los ojos, en este otro mundo de color esmeralda, con su especial luminiscencia, que teñía de verde cada vivo crisol en el que la luz se derretía para gestar algo nuevo. La trascendencia del alma me era ofrecida con plenitud, como la desnudez, como el amor.

Sin saber emitir palabra alguna, y con el absoluto desconocimiento de los juicios del pasado, pero poseedor de una mirada nueva e inocente, al igual que cualquier bebé nacido en cualquier punto del universo, volví de nuevo al bosque, al lago y al césped azul. Volví a verla ella, a quien tanto había amado. Sus ojos de fuego se iluminaban al verme y tenerme entre sus brazos. Mi menuda existencia, en la que mi consciencia se expandía muy lentamente, con el transcurso de los años, la retrotraían a la noche de luna roja en la que heredé la consciencia adulta que ahora poseo en plenitud.

El hijo bastardo de una reina que había luchado contra un trono en el que se sentaban los prejuicios y las fobias. Eso era yo. La mujer de jade no solo era dulce y hermosa, sino que su corazón, como un flor delicada, se abría hacia quien quisiera contemplarla en una total explosión de sublime belleza, sin importarle el color de quien la observase, siempre y cuando refulgiera en la mirada del espectador tanta bondad y amor como ella sentía.

Pero allí, en aquel planeta, ella era una flor extraña en un campo de espinas que se regía por normas estrictas y que desechaba todo cuanto no se les pareciera. Lo ajeno y diferente, lo extraño, no tenía ni tan siguiera la oportunidad de ser amado. Por eso ella no había querido ser reina del paraíso verde en el que la conocí en mi anterior vida, antes de saber que ella estaba buscada y perseguida para obligarla a cumplir un destino que no deseaba.

Mi destierro era inminente. Para ellos yo era tan solo un ser despreciable y deforme.

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