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Aquellos de las profundidades
No podemos saber qué hay más allá de cuanto nos rodea; elementos, carentes de transparencia y de muy variada índole, nos lo impiden.
Por Bernabé A. Álvarez Publicado en Fantasía, Misterio, Suspense, Terror, Todas las categorías en 25 diciembre 2019 6 Comentarios
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No podemos saber qué hay más allá de cuanto nos rodea; elementos, carentes de transparencia y de muy variada índole, nos lo impiden. Velándonos espacios, bellos y aterradores, cumplen el firme y milenario designio de su naturaleza: mantenerlos fuera del alcance de nuestra sencilla y malograda capacidad de la percepción.

Lamentablemente, el foco de atención del llamado ser humano es frágil y fácilmente quebrantable, y ha sido corrompido con veloz decadencia por el incesante pasar de los años.

En las atestadas calles de Madrid, cientos de miles de personas no dejan por un instante de prestar atención a sus dispositivos móviles. Y los individuos que parecen quedar exentos de este vicio, vuelven a introducir, casi de forma maquinal, sus inquietas manos en el bolsillo para extraerlo pocos segundos después de haberlo introducido.

Con sus cuellos asiduamente doblados y las cabezas inclinadas ante ellos, parecen rendir culto a un dios terrible y exigente; un dios que ansía, por encima de todo, absorber la atención y hacerse con un tiempo del que ya no somos dueños.

Juan Reyes, hombre de mediana edad, de mirada severa y de complexión enjuta, bajó a toda prisa las escaleras del metro hacia Pinar de Chamartín, estación perteneciente a la línea uno.

Iba falto de tiempo. Había salido de su pequeño y humilde apartamento unos minutos después de lo habitual por temas familiares. En su mente resonaba, sin apariencia alguna de abandono, las mismas palabras una y otra vez: «No puedes perder el metro, no puedes permitírtelo». En caso de que así fuese y en la mejor de las situaciones, tendría que esperar siete largos minutos. Aquello supondría casi con total seguridad ser despedido por llegar tarde al trabajo.

Padre de una familia socioeconómica media baja y no demasiado sonreído por la amarga vida, cogía todos los días el metro en la estación de Pinar de Chamartín hasta Nueva Numancia. Catorce kilómetros y medio de recorrido; treinta y tres minutos de espera para ocupar un precario puesto de trabajo que apenas le daba para llegar a fin de mes.

A su llegada, vio el andén lleno. La gente, bajo una gruesa capa de sudor y atenazada por un creciente estrés, se empujaban unos a otros con el firme propósito de subir a alguno de los vagones, de aquella rudimentaria máquina humana.

Cientos de túneles ferroviarios se extienden bajo la gran ciudad de Madrid y más allá de esta. Sin duda, es uno de los modos de transporte más efectivos y necesarios para la ciudadanía, para toda gran ciudad. Pero, ¿saben realmente qué están haciendo cuando, impulsados por su primitivo modo de vida se ven obligados a subir a una de esas máquinas? Claro que no. Conocen su ruta y destino, como todo marinero en alta mar; pero al igual que estos, desconocen qué extraños seres moran bajo ellos en la larga travesía, bajo esas profundidades abisales.

Tan solo la línea uno posee cerca de veinticuatro kilómetros con treinta y tres destinos conocidos. Este extenso recorrido transcurre a profundidades tan solo conocida por los ingenieros y trabajadores de tal magna y ambiciosa creación, o por locos curiosos que vuelcan su inocente curiosidad en conocer tal información… El resto de las personas, la inmensa mayoría, ignoran todo dato. Quizás sea mejor así. Pues la información, sabiamente contrastada, puede mermar la cordura en la quebradiza mente humana y arrastrarla a la más genuina de las locuras.

Reyes no dejó de correr, terminó de bajar las escaleras y anduvo gran parte del andén, en busca del vagón más vacío de cuantos pudiese haber. A pocos metros de distancia lo vio. Aun así, cuando llegó, tuvo que hacer acopio suficiente de fuerzas y empujar a las personas que estaban en la entrada para hacerse un hueco en el interior.

Bajo una capa de sudor y con dificultad por respirar a causa de la cargada atmosfera, Reyes vio, extrañado, la hora en su viejo reloj de pulsera. ¿Había llegado a tiempo o el metro llevaba varios minutos de retraso en la estación? Salió de duda preguntando a una de las muchas personas que tenía a su lado —un hombre mayor de largos cabellos—, por él supo que llevaba parado en el andén cerca de siete minutos.

Los apretados e incómodos pasajeros comenzaron a inquietarse. Con desconcierto, miraban la hora en sus caros dispositivos móviles y en sus lujosos relojes de marca que, casi con total acierto, la inversión en ellos había sustituido más de una comida.

Entre empujones y vanas disculpas, Reyes consiguió llegar a una de las ventanas que daban al andén. A través de ella pudo ver una de las pantallas informativas. No cupo en su asombro al advertir que esta no indicaba nada: se mantenía en un constante color negro, apagada. Hizo memoria. No recordaba haberla visto así cuando recorrió el andén hacía tan solo unos minutos. Aquello le sugirió que quizás la estación, o la línea uno, se encontraba en aquel momento sin suministro eléctrico, sumida en un apagón parcial. Aquello también explicaría el retraso de siete minutos.

Las habituales discusiones de los pasajeros a horas tan tempranas de la mañana inundaron el vagón en el que se encontraba, y no tardó en extenderse al resto de ellos. El tiempo pasaba, y muchos hubo que abandonaron el averiado medio de transporte entre maldiciones, en busca de uno más eficaz.

Fue entonces cuando, para sorpresa de todos, las puertas se cerraron y el metro, tras un leve y agudo sonido de rozamiento se puso en marcha. Ahora la pantalla, como si nunca antes hubiese estado apagada, mostraba una nítida imagen: «Próximo tren llegará en: 06 min». Aquel tiempo de espera se había prolongado diecisiete minutos.

No hubo aclaración alguna del suceso por parte de la autoridad competente. Nunca la hubo. Las personas que se encontraban en el suburbano ferroviario consideraron aquel tiempo una eternidad. Muchos ignorantes vociferaron indignados, haciendo llegar al maquinista palabras de desconformidad, como si este hubiese sido el responsable principal del problema.

Reyes, sumamente preocupado, no dejó de dar vueltas a lo que pudiese decir su repulsivo jefe cuando viese que llegaba tarde. Sumergido en estos pensamientos, frente a él pasaron todas las estaciones: Bambú, Chamartín, Plaza de Castilla… El tiempo no se detuvo, y junto a este, los kilómetros recorridos. La gente bajaba, subía y volvía a bajar a medida que el metro hacía sus correspondientes paradas.

Tras frecuentar el metro diariamente a lo largo de casi dos años, Reyes había grabado, fiel e inconscientemente, todas y cada una de las curvas que realizaba en su largo trayecto. Le bastaban pocos segundos para predecir con exactitud cuándo giraría hacia la derecha, o por el contrario, lo haría hacia la izquierda.

La pared de los túneles, recubierta de gruesos cables, oscura y enigmática en algunos tramos y débilmente iluminada en otros, parecía dibujar grotescos rostros y amorfas e inquietantes sombras a medida que el metro avanzaba.

Vio de nuevo, a través del sucio cristal e iluminada débilmente por una blanquecina y fantasmagórica luz, la estación abandonada de Chamberí. Los anuncios de comienzos del siglo XX, conformados por azulejos, apenas eran visibles desde allí. Aunque solo fueron unos segundos a cuarenta kilómetros por hora, pudo apreciar la oscura y turbadora belleza que envolvía aquella arquitectura.

La mayor parte de las veces se encontraba vacía. En otras ocasiones, se podía llegar a distinguir, no sin poco esfuerzo, la silueta de un reducido número de transeúntes que, con creciente curiosidad por conocer el sistema metropolitano de antaño, visitaban la estación bajo la enseñanza y atenta supervisión de un guía.

Reyes tenía ocasión de verla tras la ida y la vuelta. Pero en ciertas y raras ocasiones la estación nunca pasaba frente a él: se perdía de forma imposible en algún tramo de aquel largo recorrido, entre las estaciones vecinas de Iglesia y Bilbao.

Por motivos que siempre desconocerá, aquel día su jefe no se encontraba en el trabajo, y por consiguiente, no fue despedido. Por fin pudo respirar; creyó haberlo hecho por primera vez tras los primeros minutos de angustiosa espera en el metro. Ahora, algo más tranquilo, se puso manos a la obra y pasó un duro día de trabajo como cualquier otro.

Tras cumplir su jornada, habló con sus compañeros para asegurarse de que ninguno de ellos diría nada de su impuntual llegada. No hubo problema, a todos ellos les unía una larga amistad. Tan pronto hubo terminado, cargó con la mochila que acostumbraba llevar y abandonó el lugar.

Pasó la tarjeta del metro por el lector y cruzó el torno. Dio unos pocos pasos y bajó las escaleras hasta la estación de Nueva Numancia. El metro todavía no había hecho su entrada.

Tras comprobar el tiempo de llegada en una de las pantallas, tomó asiento en aquél desolado andén. Minutos después, el característico sonido de rozamiento del metro al acercarse, envuelto en un eco espectral que lo transformó en un chillido similar al de un infante, le hizo levantar la vista del teléfono móvil y dirigirla a la oscura boca del túnel. Al igual que una tormenta que pronostica mal tiempo, este hizo su aparición segundos después.

Las puertas corredizas se abrieron frente a él. Se levantó del sucio banco, y dirigiéndose a uno de los vagones, entró. Demasiado cansado y con enormes ganas por llegar a casa, no le sumó importancia al curioso e inquietante dato que se mostraba ante él: todos los vagones se encontraban silenciosamente vacíos.

Instantes después, cuando fue plenamente consciente de este dato, las puertas se cerraron produciendo un inquietante sonido hermético.

Los siguientes extraños y breves escritos señalan que despertó sobresaltado por una pesadilla: una niña, de blanco y largo cabello lo llamaba por su nombre. De la boca de la joven, al mismo tiempo entre abierta y arqueada en una burlesca sonrisa, salían palabras ininteligibles en un extraño dialecto. Reyes intentaba, por medio de su quebrada voluntad, apartar la vista de aquel inquietante rostro infantil, pero este, incansablemente, aparecía de nuevo frente a él; intentando mantener contacto visual de forma grotescamente obsesiva.

Cuando despertó y abrió los ojos, la niña había desaparecido para su alivio, pero su ininterrumpida y frenética jerga aún permaneció en su mente. El metro se había detenido. Padeciendo un fuerte dolor de cabeza, se levantó y miró por una de las ventanillas con intención de averiguar en qué estación se encontraba. No vio señalización alguna.

Ante él se mostraba una estación como cualquier otra, pero con sutiles detalles que llamaron su atención desde un primer instante: las escaleras de bajada a la misma estaban obstruidas por un grueso e inamovible muro de ladrillos. Las paredes, cubiertas de carteles publicitarios anunciaban dispositivos informáticos que nunca antes había visto. El andén era notablemente más estrecho… Toda aquella visión, iluminada toscamente por unos focos que colgaban del techo, lo incomodó notoriamente.

Reyes, de temperamento decidido, no tardó en encaminarse hacia la cabina para preguntar al maquinista el motivo de parada en aquel extraño lugar. Quizás le habían llevado por error a uno de los depósitos donde guardaban los trenes para su mantenimiento y limpieza, o a una de las llamadas cocheras donde hacían el cambio de servicio de los mismos… No, aquello no podía ser, las cocheras estaban en Valdecarros, al final de la línea. Lo mismo pasaba con las cocheras de Miguel Hernández. Era prácticamente imposible que el metro hubiese recorrido toda la línea 1 mientras él dormía. Ya no sabía qué pensar.

Con paso trémulo, pero decidido, caminó por el andén hasta acercarse a la ventanilla de la cabina. Una vez frente a ella, golpeó con el dedo índice el sucio cristal para llamar la atención del maquinista. Este, inmóvil y con la mirada perdida, no dio señal alguna de haberlo escuchado. Volvió a percutir sobre el cristal. Esta vez, tampoco reaccionó; permanecía erguido, estático, frente al panel de control de aquella máquina. Su rostro, preocupantemente amarillento, no parecía llevar una respiración natural.

En ese preciso instante, en Reyes evocaron de forma repentina imágenes incomprensibles de blancas luminiscencias y de vivos colores como los del arcoíris que se mezclaban entre sí. Algo aturdido y mareado, se apartó de la ventanilla preso de un temor irracional que no supo explicar.

Temiendo que el metro se pusiese en marcha y lo dejase allí, en aquella estación sin nombre, subió de nuevo sin saber qué más hacer. Desorientado y con el fuerte dolor de cabeza, se preguntó entre delirios si aquella vivencia no sería más que el fruto del cansancio y el estrés al que había estado sometido durante el día.

Sopesó la improbable, pero posible, probabilidad de que todo fuese un mal sueño, como del que había despertado minutos antes. De pronto, hasta a él llegó un hedor indescriptible que se unió a la rancia fetidez de aquel húmedo lugar, hasta el punto de anularla y no dejar apenas rastro de ella. Llevándose la manga de la camisa a la boca, se cubrió la nariz para evitar inhalarlo.

Los siguientes minutos fueron terriblemente confusos. Las puertas volvieron a cerrarse, y el metro, tras unos sórdidos chirridos volvió a ponerse en marcha y se introdujo en el túnel para interrumpir su avance instantes después. Todo quedó en la más absoluta oscuridad. Tan solo la entrecortada respiración acompañó por largos minutos a aquel silencio sepulcral. Luego, volvió a ponerse en marcha, alcanzando en pocos segundos la vertiginosa velocidad a la que normalmente se desplazaba. Los giros a derecha e izquierda que tan bien había conocido ahora se le hicieron extraños y pintorescos. Una sucesión de cambios de sentido, de claras subidas y bajadas y de repentinas paradas en medio de la nada lo sumergieron en una auténtica y blasfema ola de miedo interior.

Tras pasar un periodo considerable de tiempo en la oprimente oscuridad —de la que no se hizo mención alguna de su duración en los escritos—, Reyes, por fin, comenzó a percibir un atisbo de vaga refulgencia en las paredes de aquellos túneles de pesadilla. Y después, sin previo aviso de su llegada, más que la de aquel apagado fulgor, entró en una estación. Aquella máquina aminoró la marcha y se detuvo.

Vio a varios grupos de transeúntes levantarse de los asientos, mirar la hora en sus teléfonos móviles y acercarse a los vagones; dispuestos a subir a ellos. La estación en la que el metro había hecho su reglamentaria, aunque impuntual, parada era la de Alvarado. Reyes, bajó allí mismo.

Ayer, al caer la tarde, pudimos dar con el taxista que lo trasladó hasta Pinar de Chamartín aquella noche. Nos dijo que lo recogió tras salir de la misma boca del metro, que estaba muy alterado, con la cara desencajada en una mueca de terror y todo lo que farfullaba era un galimatías. Tras llegar al destino que le había indicado, pagó apresuradamente, se apeó del coche y desapareció. Enrique Gutiérrez, que así se llamaba el taxista, nos comentó que, tras bajar Reyes del vehículo dejó un hedor insoportable. Lo comparó con el de algún organismo en alto estado de putrefacción. Tuvo que abrir puertas y ventanas para ventilar el lugar; pese a sus esfuerzos, no consiguió deshacerse de aquella pestilencia de proveniencia desconocida.

Su mujer y sus dos hijos, de trece y quince años de edad, aseguran que aquella noche no estuvo en casa. Sus segundos allegados más cercanos alegan de igual forma no saber nada de él. La búsqueda nocturna, concertada por los preocupados familiares y vecinos del desaparecido no dio resultado.

Al día siguiente, el 19 de Agosto de 2018, Reyes volvió a ser visto por una de las cámaras de seguridad; bajaba al andén de Pinar de Chamartín, como si nada de lo acontecido la pasada noche le importase. Eran las 7:27 de la mañana cuando lo hizo. La hora, en función a la información que se me había otorgado ser conocedor, y basándome en su extraña y caprichosa comprensión numerológica, me permitió llegar a la conclusión de que, quizás, no era obra del azar.

La obsesiva manía de Juan Reyes de dejar constancia por escrito de todo aquello inusual que vivía, nos ha permitido, con mayor o menor detalle, saber qué pasó antes de su desaparición.

Su anticuado teléfono móvil, hallado a los pies del asiento de uno de los vagones con la carga de la batería críticamente baja, nos permitió acceder, sin la necesidad de una clave o patrón de desbloqueo, al sistema operativo del dispositivo.

No encontramos fotografías ni vídeos, que pudiesen sernos de verdadera ayuda en la investigación, pero sí texto. Las extensas líneas, descriptivas de inquietantes sucesos y pensamientos, nos hicieron plantearnos nuestro trabajo de investigación y fuimos arrastrados violentamente al abismo de la duda.

Aquella mañana, el metro programado para hacer su parada a las 07:30 en la estación de Pinar de Chamartín inició su marcha completamente lleno.

De las personas que subieron en aquella estación o en alguna de las siguientes no se volvió a saber nada más de ellas. Es tras hacer la séptima parada, en la estación de Estrecho, cuando Reyes comenzó a redactar de forma torpe y atropellada todo cuanto creyó ver y escuchar.

«No logro encontrar un punto de referencia para averiguar dónde nos encontramos. Tras detenerse el metro en la estación de Estrecho y reanudar la marcha todo ha dejado de tener sentido.

Se ha detenido por segunda vez, hace cerca de diez minutos; no lo ha hecho en una estación, sino en medio de la vía… Tan solo hemos podido ver la pared de los túneles. Cuando el metro se detuvo todavía había conexión a internet. Ahora, mi teléfono móvil, y sospecho que el del resto de las personas también, está fuera de cobertura.

Llevamos más de veinte minutos en esta diabólica máquina. La gente empieza a ponerse nerviosa. Son las 07:43.

Las luces se encienden y se apagan ininterrumpidamente. Algo debe de estar fallando en el sistema de suministro eléctrico.

07:50. El cristal de la ventana más cercana a mi está muy caliente. Es como si fuera hiciese un calor excesivo que la caldease. No lo entiendo. Nunca antes había visto nada igual. El vagón en el que me encuentro tiene cerca de veinte personas y no se siente calor en absoluto. El aire acondicionado parece funcionar, al menos por el momento.

Se ha vuelto a detener. Esta vez, a diferencia de las otras, se ha escuchado un chirrido parecido al rozamiento de las ruedas en la vía seguido de un chasquido metálico. He cavilado torpemente buscando una posible explicación lógica a lo que pudiese estar pasando. El subsuelo de Madrid no posee más túneles ferroviarios excepto los ya conocidos por todos. No logro entenderlo. Tras pasar la estación de Estrecho no ha vuelto a detenerse en ninguna otra, ni la hemos visto tampoco. ¿Dónde estamos?

Se ha vuelto a poner en marcha.

Un grupo de personas se ha dirigido a la ventanilla del maquinista y se han puesto a golpear el cristal. Este no parece inmutarse. Pobres necios…

Un hedor de procedencia desconocida ha inundado los vagones haciendo que respirar sea prácticamente imposible. Es asqueroso, juraría haberlo olido ya en otra ocasión, pero no logro recordar cuándo ni dónde. Un hombre parece haberse desmayado por su causa y ha caído al suelo golpeándose brutalmente la cabeza. Una mujer acaba de vomitar delante de mí. Por dios, ¿qué está pasando?

¡Ha vuelto a detenerse! No aguanto más. Por las ventanas no se ve más que oscuridad. He escuchado algo fuera. El escándalo de los disgustados y aterrados pasajeros junto a estas férreas paredes no parece haber amortiguado mayormente su intensidad; ha tenido que ser muy fuerte para que haya sido perceptible a mis oídos… No sabría cómo definirlo, es como si un gigante hubiese tragado de golpe aquello que ha estado masticando, ¿qué ha podido originarlo? Escucho algo arrastrándose en el exterior. ¡Ha vuelto a sonar! Se han abierto las puertas. Espera, la gente ha comenzado a correr sin control y a gritar aterrorizada. ¿Qué pasa? ¡Allí, en la oscuridad! ¡Hay algo! ¡Hay algo!».

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  1. Sin duda, este ha sido uno de mis relatos favoritos. Pero me he quedado con la intriga de saber que era “eso” que estaba en las profundidades. ¡Enhorabuena por el relato!

  2. Estupendo relato e ilustración.
    Sé que no es un relato de humor, pero tengo que admitir que me hizo gracia una parte: Cuando el protagonista viaja en taxi apestando por circunstancias desconocidas y similares a algún tipo de ser en descomposición y tiempo después se marcha (ahora viene lo bueno :D) dejando al pobre taxista con el mal olor e intentando hacer todo lo posible por combatirlo, tratando de airear el lugar, abriendo puertas y ventanas, pero en conclusión sin ningún resultado positivo… Creo que es genial y única esta parte, pero sinceramente no creo que lo fuese para el conductor. No creo que sea justo ni usual llevar a un pasajero pestilente en el coche, por lo tanto, ¿no crees que por lo menos el protagonista debería de haber pagado más (bastante más) de lo establecido por el viaje en taxi?
    Muy buen relato 🙂

    1. ¡Gracias por tu comentario!

      El taxista reparó en aquel olor hediondo cuando Juan Reyes se apeó del taxi, no antes. De todas formas, el hedor no venía del protagonista, su proveniencia era desconocida y aún después de su marcha permaneció en el vehículo pese a los esfuerzos del taxista por deshacerse de él.

      ¡Felices fiestas!

  3. Las primeras líneas del relato son geniales, una descripción concisa de como está la sociedad de hoy en día con la tecnología. Enhorabuena por el relato es una pasada y no digo la ilustración!!

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