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El horror de la cueva 
Me adentré en la caverna. Por primera vez en mi mente irrumpieron atisbos de extraña y genuina inseguridad.
Por Bernabé A. Álvarez Publicado en Ciencia-Ficción, Fantasía, Misterio, Suspense, Terror, Todas las categorías en 19 marzo 2021 8 Comentarios
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Me adentré en la caverna. Por primera vez en mi mente irrumpieron atisbos de extraña y genuina inseguridad. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Sería capaz de hacerlo? La acción que iba a llevar a cabo a lo largo de los siguientes minutos la había realizado cientos de veces; quizá fue aquello lo que, en parte, me tranquilizó.

En aquel lugar no me encontraba sola, no psíquicamente.

Mi capa, larga y oscura, se arrastraba tras de mí por el hediondo suelo de la gruta haciendo que, en cada paso dado, la adherencia de la podredumbre a la misma me dificultase el andar. Habría deseado desprenderme de ella y dejarla allí tirada, no era más que un estorbo, pero llevarla conmigo era parte de mi trabajo, al igual que el resto de equipamiento e indumentaria; todas aquellas cosas consolidaban la imagen de las marcas que representaba. Gente muy rica e importante pagaba ingentes cantidades de dinero para que así fuese.

La luminiscencia del candil que portaba en mi mano derecha no era suficiente para iluminar toda la gruta; la claridad se desvanecía a los pocos metros y se tornaba en una sólida pared de negrura. Mis lentos pero firmes pasos no se detuvieron.

No podía saber cuán profunda era la gruta, no tenía medios para hallar la respuesta, pero no me importaba. Con un poco de suerte encontraría mi objetivo en alguna de las ramificaciones. Cuando lo hiciera se daría por finalizado mi trabajo.

Seguí abriéndome paso caverna adentro. A medida que iba adentrándome esta se tornaba cada vez más estrecha y su suelo más irregular. En incontables ocasiones tuve que agacharme y avanzar de costado para no quedarme atascada en aquellas paredes de rugosa, húmeda y fría piedra. No fueron pocas las veces que topé con una vía obstruida y sin salida y tuve que dar la vuelta. Pese a todo, el esfuerzo por profundizar más en su interior no era suficiente. Crucé por pasos de gran altura que requerían de un firme salto para retomar el camino, me arrastré por el maloliente suelo de la gruta repleto de excremento de murciélago e hice lo que tantas otras veces había hecho.

Cuando pude volver a ponerme en pie, mi lámpara iluminó frente a mí un corredor. Este era espacioso y de techo alto.

El breve cese de la resonancia de una rítmica gota en la distancia hizo que me detuviese, alerta. Algo había interceptado por un corto periodo de tiempo el prolongado tintineo que iba del techo de la cueva al suelo.

Debía mantener, por todos los medios y tanto tiempo como pudiese, aquel pasillo bajo la luz. No podía dejar que la oscuridad se cerniese sobre mí. Muy a mi pesar, el futuro de la llama, titilante, se tornaba cada vez menos firme y más evanescente.

Seguí mi lento y calculador avance por el ancho corredor. Este ahora tomaba una pendiente y parecía descender innumerables kilómetros hacia las entrañas de la tierra. No podría asegurar cuánto tiempo pasé en aquel lugar, pues en ningún momento consulté mi reloj de pulsera, pero las primigenias edificaciones en la roca caliza, que tantas otras veces había tenido la ocasión de ver en otras grutas, junto a las pétreas estructuras en forma de arco por las que pasé bajo ellas, me confirmaron que estaba muy cerca de mi objetivo.

Fue entonces cuando lo escuché.

Un horrible gruñido gutural. Este llegó a mis oídos arrastrado por una corriente de frío aire que provenía de una de las bifurcaciones. Han pasado años de aquello, sin embargo, tan solo volver a recordar aquel gruñido me sobrecoge sobremanera y me hace rememorar de nuevo las cientos de veces que lo he escuchado en los incontables emplazamientos que he visitado bajo tierra a lo largo de todo el globo terráqueo.

Pasé el candil de mi mano derecha a la izquierda y aferré el mango de la espada, desenvainándola; la hoja refulgió bajo la luminiscencia de la llama del candil, de mi única fuente de luz.

Di un paso al frente para, después, detenerme casi al instante. El suelo en aquella zona estaba cubierto por una especie de grava que, bajo el peso de mi cuerpo, chirrió como el cristal. Aquel ser había sabido de alguna forma de mi llegada.

Fue entonces cuando, de pronto, escuché el precipitado sonido de una cantidad ingente de tierra desprenderse y algo me golpeó con violencia en la cadera derecha. Todo mi cuerpo salió despedido, choqué contra la pared contigua y caí al suelo. El candil se me escapó de entre los dedos y se volcó. Su luz se extinguió al instante. Permanecí en la oscuridad en el más profundo de los silencios por breves segundos. Fue entonces cuando escuché su respiración. Esta era lenta y profunda.

Busqué en el interior mi mochila las gafas de visión nocturna; me equipé con ellas y, tras buscar con mano trémula y creciente nerviosismo el botón de encendido, lo accioné. No podía seguir actuando, mi vida corría grave peligro.

Ahora, mi reducida visión infrarroja de cuarenta grados mostró ante mí una abertura en la pared de la derecha. Una gran porción de tierra y piedras se habían desprendido como consecuencia del empujón y de mi posterior caída. Aun sin saber cómo, había activado una primitiva trampa.

Mi atención dejó de estar centrada en el mecanismo. Al final de aquel húmedo y hediondo corredor, mis gafas de visión nocturna delinearon, en un borroso e incompleto marco verde, la inequívoca silueta de el Horror de la cueva.

Resentida y aturdida por el imprevisto y violento acontecimiento, me puse lentamente en pie, en guardia.

El Horror fue acercándose a mí en cortos y lentos pasos. Pronto su horripilante figura comenzó a tomar forma y quedó expuesta a mi mirada.

La imagen de su menudo y desgastado cuerpo al final del corredor paralizó por completo cada una de mis extremidades e impactó en mente con la misma fuerza con la que un martillo cae sobre la espada bajo el inamovible yunque en su forja. Carente de ojos o de nariz y con tan solo una pequeña boca llena de afilados dientes en aquel caos que tenía por rostro, parecía poseer la diabólica característica de la hipnosis.

No importaba cuántas veces hubiese presenciado la existencia de aquellas horripilantes criaturas, no dejaron nunca de impresionarme.

Su peligrosa proximidad me sacó de mi atónito estado y busqué con rapidez la espada. La localicé a pocos metros de mí. Rodé ágilmente por el suelo y la aferré: estaba preparada para darle muerte.

Ahora, el Horror se encontraba a tan solo unos pocos metros de distancia.

No tenía modo de verme pero sí de escucharme, y el ruidoso movimiento que había hecho al desplazarme por el suelo para recuperar la espada le había indicado mi posición exacta.

Su cabeza se movió de forma grotesca, con el fin de captar el más leve indicio de ruido. En ese preciso instante, supo dónde me encontraba. Emitió un desagradable y gutural gemido al mismo tiempo que se abalanzaba sobre mí. Volví a rodar por el suelo, esta vez por completo  desprevenida y medio impulsada con la pared por uno de mis brazos. No logró alcanzarme.

Ahora me encontraba detrás de él en una postura no muy apropiada para maniobrar con la espada.

El Horror se dio la vuelta con rapidez y entonces volvió a atacar de nuevo. Uno, dos, tres zarpazos; logré esquivarlos, pero fue el cuarto ataque el que alcanzó mi cara. El impacto fue tal, que las gafas de visión nocturna volaron por el aire, se deslizaron en línea oblicua varios metros por el irregular suelo de la gruta y chocaron contra la pared. El dolor fue atroz y no tardé en notar el repugnante sabor metálico de la sangre en mi boca.

Privada de la única fuente de luz que me habían proporcionado el candil y las gafas, solo me quedaba extender la espada frente a mí para intentar prevenir cualquier ataque frontal de la bestia.

Pero esta vez no atacó de frente, sino por la espalda. Me asentó un golpe brutal que me tiró de costado y después volvió a atacar. Debió de levantar sus brazos por encima de su deforme cabeza, poner las manos en puño y dejarlas caer sobre mí, o golpearme con algún objeto de gran tamaño. Mis ojos se habían adaptado parcialmente a la oscuridad pero aun así no logré verlo, ni oírlo.

Los siguientes minutos fueron muy confusos. Solo recuerdo escuchar un pitido punzante y muy agudo que penetró en mi cabeza pocos segundos antes de caer y quedar inconsciente.

Sabía que aquel pitido se emitiría en el supuesto de que algo marchase mal. Era la primera vez que lo escuchaba en cuatro años. Y la última, como me confirmarían tras salir de allí.

Me desperté en una camilla de emergencias, fuera de la cueva, bajo un cielo gris. Mi cara y pierna, al unísono que mi cabeza, me palpitaban al ritmo del corazón. Tenía la visión borrosa y uno de mis ojos se encontraba vendado. Un murmullo de gentío, difuso en la distancia, no cesaba de escucharse.

Poco a poco, los sentidos se despertaron y recuperé consciencia. Los flashes de las cámaras no cesaban de sonar y ahora el distante bullicio del gentío se había intensificado. Levanté la cabeza acompañada de un mal estar general en todo el cuerpo. Un cordón policial evitaba que un cuantioso número de personas se acercasen a donde me encontraba tumbada. Los camarógrafos y periodistas en primera línea formulaban preguntas con el brazo extendido e intentaban llegar a mí presionados por la multitud. «Mesnah, ¿cuántos había?». «Te estaban esperando, ¿verdad?». «¿Es cierto lo que dicen?». «¿Seguirás en el juego?».

Volví a reposar la cabeza.

—Será mejor que no te levantes —dijo una voz que me resultó familiar —. Creo que tienes el fémur fracturado. No podemos saberlo hasta que venga un médico. Debe de estar al llegar.

En efecto, la persona que estaba sentada junto a mí era mi entrenador.

—¿Sabes que estás despedida, verdad? No podrás volver a competir —añadió y hubo un largo silencio —. Hemos perdido a todos nuestros patrocinadores, a todos. ¿Qué ha pasado ahí dentro, Mesnah? —preguntó.

Ante aquella pregunta, abrí los ojos, que había mantenido cerrados por unos pocos segundos, en un intento por poner orden en mi cabeza y buscar un sentido a todo lo que estaba pasando. Giré la cabeza y allí, sobre un maletín de primeros auxilios, vi lo que hasta entonces había sido lo más importante de mi vida: una cámara sujeta a una cinta elástica. Esta había permanecido en torno a mi cabeza en cada incursión en las cuevas para mostrar en vivo cada uno de mis movimientos a cientos de miles de personas alrededor del mundo.

No sabía lo que había pasado allí dentro aquella tarde. Pero sí lo que había pasado en los últimos cuatro años, cuando entré en aquel atroz programa al que llamaban juego.

La avidez por ser conocida en todo el mundo, poseer ingente cantidad de dinero, bienes de prestigiosas marcas… todo aquello había hecho que un mal día firmase sobre una pantalla el contrato que me condenaría.

Habíamos ayudado a la extinción sistemática de una de nuestras muchas y ocultas ramas evolutivas. El proceso era sencillo: mediante aquel programa de entretenimiento, que se emitía en directo alrededor de todo el mundo, un grupo de personas, nosotros, se ocupaba de hacer lo que dictaban los de arriba.

Haberlo hecho desde el hermetismo solo habría conseguido que periodistas independientes dieran a conocer, más temprano que tarde, la cruel actividad que llevábamos a cabo. No había forma de ocultarlo. Vivimos en un mundo hiperconectado, todo el mundo puede dar a conocer cualquier cosa y en menos de un minuto lo han visto decenas de personas. Por eso desde un principio se hizo público y se comercializó.

Nos hicieron pasar por héroes y no por asesinos, ejemplos a seguir, admirados por la inmensa mayoría de las personas. Aparecíamos en productos de alimentación, películas, series y videojuegos, éramos juguetes de acción para los niños y su máximo referente. A todos se les dijo que aquellos horrores que moraban bajo tierra eran una amenaza para el mundo y su gente. La sociedad, idiotizada por el constante flujo de información incontrastable, ni se planteó disentir ante aquella afirmación repetida una y otra vez.

A los espectadores y a nosotros mismos toda aquella atrocidad nos la pintaron como una obra de bien en la que gran parte del dinero recaudado era destinado a organizaciones no gubernamentales. Todo era mentira. Estábamos acabando, poco a poco y de forma indiscriminada, con nuestra propia humanidad.

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  1. Me adentré en la cueva con las mismas ganas de destruir a la bestia que el personaje principal y salí de ella con idéntico asombro y confusión!
    Bonita, aunque desoladora reflexión final en torno a lo social, muy necesario. Creo que este relato lo tiene todo! Enhorabuena Bernabé

  2. Fantástico relato. La trama es envolvente y el final imprevisible. Este corto relato hace que estés pendiente del transcurso de la historia hasta su desenlace final. Me ha gustado mucho.
    ¡Enhorabuena!

  3. Atención posibles spoilers!!

    Al comenzar a leer crees que el relato está ambientado en la Edad Media (capa, lámpara de fuego…) pero luego la narradora menciona su reloj de pulsera (aquí es donde te explota la cabeza por primera vez) y poco después vuelve a mencionar otro objeto del pasado, la espada. Ya no sabes que género literario estás leyendo, creía que era stampunk o similar pero no fue así…. este aliciente, junto a la sencilla narración del relato, es la que hace que sigas leyendo para descubrir qué narices está pasando.

    ¿El final? Sencillamente brillante y completamente inesperado. Un relato de ciencia ficción bellamente escrito con una aplastante crítica social en su nada esperado final. Mi enhorabuena. A partir de hoy este es mi relato favorito (antes era Mi observador favorito) Un saludooo!!

    1. Hola, LolRam. Vaya, pues no sé qué decir. Me alegra muchísimo que te haya gustado el relato y más aún que te hayas tomado unos minutos para escribir tan emotivo comentario.

      Sí, la idea principal era situar al lector entre varias líneas temporales, que no supiese si la historia transcurría en un remoto pasado, en la actualidad o en el futuro. Todo ello para, finalmente, dar el giro de guion inesperado que, en mi opinión, todo relato corto ha de tener.

      Muchas gracias una vez más y un saludo. 🙂

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