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El último cuadro
Otra vez al despertar sintió que estaban las sábanas empapadas en sudor. De nuevo el tiempo se había dilatado más de la cuenta…
Por Bernabé A. Álvarez Arima Rodríguez Publicado en Misterio, Suspense, Terror, Todas las categorías en 16 mayo 2020 8 Comentarios
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I

 

Otra vez al despertar sintió que estaban las sábanas empapadas en sudor. De nuevo el tiempo se había dilatado más de la cuenta durante la noche atrapando su mente en un oscuro apocalipsis lleno de formas monstruosas, negras y amenazantes, que lo arrastraban hacia la demencia. Los seres diabólicos de sus sueños lo sujetaban por la ropa en un intento de evitar que despertase. Había tenido que luchar contra ellos para poder elevar los párpados; cada vez le costaba más trabajo llegar a la vigilia desde el insondable abismo de las pesadillas. Tenía miedo de que un día no pudiera vencer a las sombras y no alcanzara a despertar de ellas, quedando prisionero para siempre en aquellos paisajes horrendos que se le presentaban al caer dormido.

Junto a la cama esperaban, expectantes, los lienzos en blanco, deseosos de guardar en ellos las pinturas del viejo Gaspar. Las terribles pesadillas nocturnas le habían paralizado lo suficiente como para que sintiera temor de escoger un pincel o un color y llevarlo hasta la tela. El caballete se le antojaba lejano, como si cada vez que quisiera aproximarse a él, este se alejara de su alcance. Miraba la paleta y los colores se fundían entre ellos hasta convertirse en una siniestra escala de grises.

Observaba sus dedos con la escasa luz que entraba desde fuera. Estaban levemente deformados por la artrosis propia de un hombre de edad avanzada que ha trabajado con sus manos toda la vida. De ellos ya no podían brotar los luminosos paisajes de primaveras coloridas, ni los nenúfares que danzaban en el agua que pintara en su juventud. Gaspar interrogaba a sus manos en espera de que estas le despejaran la incógnita sobre lo que tenía ahora que plasmar en los cuadros vacíos.

Un leve temblor de sus dedos le recordaba que debía beber algo para calmarlo.

Los débiles y fantasmagóricos rayos de la luna se filtraban por uno de los extremos de la cortina mal echada de una de las estrechas ventanas de la estancia, bañando con inquietante luminiscencia parte del cuarto. Gaspar se levantó y arrastrando los cansados pies por aquel inclinado y polvoriento suelo de madera se dirigió, tambaleante por las terribles horas nocturnas, hacia la alacena.

Abrió la puerta de la habitación y descendió por las estrechas escaleras hasta la cocina, en la planta baja. Una vez allí, y ya algo más desvelado, buscó por los anaqueles algo que pudiese calmarlo. Buscó la botella de whisky, como normalmente solía hacer en aquellos casos de extrema intranquilidad originada por las oscuras criaturas de sus pesadillas. Mientras lo hacía, a su mente acudieron, de forma repentina, las últimas imágenes de esta. Su temperatura corporal subió y fue invadido por un estado de vértigo. Perdió el equilibrio y, viendo el amenazador y duro golpe que se daría contra el suelo, previno la caída aferrándose firmemente a la alacena. Las grotescas imágenes permanecieron por un tiempo indefinido en su mente hasta que, finalmente, sometidas por un segundo y aterrador desvelo, se desvanecieron. Tan solo una miríada de voces indefinidas permanecieron en su mente hasta que, con el lento pasar los minutos, se fueron apagando también. Al fin reinó el silencio.

Cogió la única botella medio llena de whisky escocés que le quedaba, la destapó y le echó un trago; el líquido recorrió su gaznate, envolviendo sus papilas gustativas en aquel característico y adictivo sabor que le recordaba al de la tierra.

Pensó que, además del whisky, le tranquilizaría echar un vistazo a su colección de cuadros que había pintado en su juventud, por lo que se dirigió al cuarto donde los guardaba. Eran muchas las noches que había tenido que pasar por aquellas mismas vivencias y ya nada había que pudiese hacer. 

La deteriorada puerta que daba al pequeño cuarto donde guardaba los cuadros desprendía un fuerte olor a gasoil. La frecuente práctica de intento de exterminio de las carcomas de la madera a base de una jeringuilla con gasoil no parecía haber dado resultado alguno; al contrario, aquellos malditos coleópteros parecían alimentarse de aquel remedio casero que, según había oído, los aniquilaba por completo.

La llave de la puerta, siempre introducida en la vieja y oxidada cerradura, permanecía echada. Con un giro suave de muñeca la abrió. El fuerte olor a cerrado, mezclado con el del gasoil y con su propio aliento a alcohol le produjo náuseas, pero no tenía intención de volver a cerrar la puerta. Le dio la impresión de que allí, en aquella habitación donde guardaba las obras que no había vendido, hallaría las respuestas, las soluciones a sus interrogantes nocturnos, a los inquietantes seres de sus pesadillas.

Algo debió florecer a lo largo de su vida que le había llevado a la situación en la que ahora se encontraba. Siempre acostumbró a plasmar su alma en sus pinturas, estaba acostumbrado a fotografiar su mundo interior en óleo. En algún momento, pensó, debió plasmar en alguna de sus obras el punto de inflexión que le condujo al alcoholismo y a las pesadillas.

Cada uno de los cuadros llevaba la fecha en la que había sido pintado. Buscó el interruptor con su ya menos temblorosa mano. Encendió la luz de la habitación. Un amarilloso bombillo lleno de polvo que pendía del techo parpadeó brevemente hasta que por fin se encendió. Su luz era tenue, aunque suficiente  para lo que quería hacer. Le llevaría tiempo la tarea que tenía en mente, pero ahora que apenas dormía este le sobraba.

Despacio, encorvado, fue ordenando los cuadros por fecha. Notó como poco a poco comenzaba a dolerle la cintura por la incómoda postura y por los años que ya le pesaban en la espalda. Pero el dolor físico era ahora lo que menos le importaba, era llevadero en comparación con el tormento de su cabeza.

En aquel orden, pensó, encontraría la pista definitiva que le diera las respuestas a las incógnitas que se le planteaban durante la larga noche, aquellas terribles noches que se arrastraban despacio sin que pareciera que el alba fuera a despuntar nunca.

Apenas había colocado unos cuantos cuadros pudo comenzar a distinguir un patrón, una tendencia en sus pinturas. Las primeras eran de colores radiantes y luminosos, representaban paisajes, muchachas sonrientes en soleadas mañanas, prados verdes salpicados de flores… sin embargo, con el paso de los años, los paisajes naturales fueron sustituidos por edificios, casas y esquinas cada vez más sombrías. Los colores se habían ido volviendo desvaídos y sin brillo. Las personas que aparecían en sus cuadros se habían tornado serias o tristes. Cada vez su obra era más taciturna y gris.

En el último año no había pintado nada absolutamente. Había colocado los lienzos en blanco junto a su cama pensando que tal vez la claustrofobia que le generaba el almacén repleto de objetos fuera una de las causas de que hubiera dejado de pintar. No tenía sentido engañarse. Subió a su dormitorio a por el material que había colocado allí y, con dificultad, los llevó escaleras abajo.

Aquellas grotescas pesadillas tenían que terminar. Debía encontrar la forma de deshacerse de ellas para siempre. Llamado por una extraña fuerza se dirigió hacia la caja de madera que contenía los pinceles, paletas, tubos de pintura y demás enseres de la profesión. Estaba seguro de que las herramientas, en el interior de aquella caja manchada por diversos colores y ocultas por una tapa repleta de polvo, tenían algo que decirle aquella noche; sentía que le hablarían por medio de su mano y que un sinfín de oscuras escalas de colores se plasmarían en uno de los lienzos como ya se habían plasmado en un no tan lejano pasado.

Retiró la tapa de la caja y extrajo de ella un pincel de punta fina. En la paleta, con la pericia y maestría que solo puede concernir a un pintor experimentado, echó una serie de oscuros colores, los juntó y los extendió entre sí. Tenía muy claro lo que iba a hacer. En su mente se dibujaba, de forma difusa, uno de aquellos engendros oníricos, quizá el rey de muchos de ellos, que lo atormentaban durante las oscuras y desoladas noches.

Gaspar no era hombre de ponerle nombre a sus pesadillas pero a esta concretamente, al igual que a otras muchas, se había visto obligado a ponérselo por miedo. Cuando concedes un nombre a alguien crees tener, en parte, la acción de sus actos y por ende se forja una incierta seguridad de poder sobre el bautizado. El cuerpo de Arco, que por su curva forma había adquirido este insólito nombre, era extremadamente delgado y flácido. Sus enjutas extremidades eran tan largas como el tronco mismo, y muy similares a las de los seres humanos. Su rostro era un despojo, carente de boca, ojos o nariz: un miasma en trasmutación continua con ningún rostro y todos ellos al mismo tiempo. Era el todo y la nada. Su diabólica capacidad era la de encontrarte en sueños y arrastrarte a las pesadillas de las que él era parte.

La temblorosa mano del pintor, con el pincel en ella, comenzó a recorrer el blanco lienzo y a dejar en él la imagen de aquella curva y blasfema criatura del mundo onírico.

Mientras pintaba al más amenazador de los seres que componían sus pesadillas se sentía febril, enfermo. El sudor empapaba su frente, que limpiaba con la manga de la camisa una y otra vez, para volver a sentir, casi instantáneamente, la piel húmeda de nuevo.

A ratos bebía de la botella que había colocado junto al caballete con la excusa de poder tomarse un respiro y mirar cómo iba quedando su obra. Sin embargo, sabía que beber no era un descanso para él, sino que era la única manera que tenía, por lo pronto, de escapar de sus espeluznantes pesadillas durante la vigilia. El alcohol era lo único que las mantenía prisioneras en el mundo onírico. El whisky impedía que se colaran en los resquicios de su cordura cuando esta se hallaba despierta.

Tras un sorbo rápido de la botella regresaba una y otra vez, de manera rápida, a la paleta gris, como si una atracción magnética lo obligara a pintar a toda prisa, cada vez más y con más furia, al más diabólico de los engendros de los que lo torturaban por las noches. El rostro sin rostro iba tomando forma con su pincel en un lúgubre paisaje que solo había contemplado mientras dormía. Debía plasmar la descarnada sonrisa sin labios de Arco.

En aquella habitación en semipenumbra, sin ventanas, no había manera de apercibirse del paso del tiempo. Quizás seguía siendo de noche, tal vez fuera ya mediodía. No sentía hambre, ni sed, ni necesidad alguna de salir de allí. El fuerte olor de sus pinturas y el de su whisky le generaba anestesia, impidiéndole sentir otra cosa que no fuera un deseo imperiosos de ver a Arco representado en el lienzo. Era como si la propia bestia le guiara las manos.

Apuró el último trago que quedaba en la botella, se limpió la barba con la misma manga que se limpiara el sudor  y observó el cuadro. Apenas quedaban unos detalles para terminarlo y firmarlo. Sabía que no podría concluirlo a menos que abriera otra botella.

No sabía aún qué traería consigo la conclusión de aquella pintura: quizás estuviera abriéndole a aquel monstruo un portal hacia el otro lado o tal vez solo consumaba una catarsis del tormento que lo acribillaba noche tras noche. Sea como fuere, ya no podía dar marcha atrás, no podía evitar pintarlo.

Cuando salió de la habitación en dirección de nuevo a la cocina observó, desconcertado, la escasa luz que entraba a través de las pesadas cortinas. Se aproximó a la ventana y apartó levemente una de ellas para mirar el color de cielo. —¿Está anocheciendo? —sintió que algo no encajaba, su percepción del paso del tiempo se había distorsionado por completo. En ese instante, entre el sombrío silencio de su casa, se pudo escuchar el reloj del salón dando las siete.

Dio un último vistazo a la calle, llenando sus ya cansados pulmones de aquella brisa salobre y rancia generalmente perteneciente a los pequeños pueblos costeros dedicados a la pesca. Los antiguos y sucios callejones se encontraban casi por completo desiertos, solo un extraño individuo, ensotanado y sobre unos larguísimos zancos, recorría, tambaleándose de un lado a otro y con pasmosa lentitud, uno de los callejones circundantes a su vivienda. Se estremeció. Los tejados a la holandesa que quedaban más bajos a su ventana estaban completamente desvencijados y los cristales de las escasas claraboyas, al igual que la suya, se encontraban sucios y rotos.

La luna, gibosa y menguante en el firmamento, pareciese estar esperando la pronta marcha del sol para ser ella, una vez más, el punto de atención en el cenit.

Debía terminar lo que había empezado. Arco le esperaba en el lienzo, sinuoso y terrible, ingiriendo terror y volviéndose casi real en su pintura. Podía escucharle llamándolo desde la habitación —Gaspar —. Confundiéndose con el aliento de la brisa de aquel día a punto de morir, algo susurraba su nombre. La voz satánica provenía del cuadro. Hechizado y sumiso, el pintor cogió otra botella, la abrió y se dirigió hacia el cuarto donde llevaba encerrado más de doce horas, dispuesto a que su mente le dictara los últimos retoques.

Dejó caer el liviano peso de su cuerpo sobre la silla y colocó la botella en el suelo, junto al caballete y a la otra ya agotada.

No había dormido nada, pero no tenía sueño. Disponía de toda la noche, de tiempo suficiente para terminar de pintar aquel cuadro. Cuando el pincel dio los últimos retoques de Arco, de aquella diabólica expresión artística, Gaspar no pudo menos que pensar en otra de sus pesadillas. Apartó el cuadro que acababa de terminar y colocó un nuevo lienzo en blanco. Iba a comenzar a trazar el infame y crudo bosquejo que representaría el que fuera, sin albergar espacio a la duda, el sinónimo de destrucción más vasto y profundo que pueda existir. La composición del caparazón de esta pesadilla con aspecto de tortuga estaba formado por incontables cabezas, humanas y no humanas y, sus ojos, enormes y rojos al igual que todo su cuerpo, eran semejantes a dos infernales flamas. Surcando el más profundo de los espacios inabarcables destruía  todo a su paso, sin dejar rastro alguno de posible vida planetaria.

Respondía por el nombre de Gralóna, la tortuga de los mil rostros, y era la devoradora de galaxias, la antítesis de la creación.

Gaspar despertó mucho después, no recordaba haberse quedado dormido. Aún estaba sobre la silla, reclinado, con la barbilla hundida en el pecho. Alzó la cabeza y vio, para su sorpresa, que ambos cuadros estaban finalizados. Un escalofrío le recorrió la espalda al verlos: eran inhumanamente verosímiles y vivos transmisores de la terrible fisiología del miedo. Apartó los ojos de ellos. No creía que él pudiese haber sido el creador de semejante abominación, de semejante insulto a la naturaleza y a la artística cordura humana.

Se levantó y en el instante en que lo hizo un fuerte dolor de cabeza lo golpeó. Tenía la garganta reseca. Cogió la botella de la noche pasada del suelo y la volvió a dejar, resignado, al ver que estaba completamente vacía; necesitaba con urgencia tomar un trago, aunque fuese de agua. Se dirigió a la cocina arrastrando los pies, cogió un vaso y lo llenó del grifo. Fue entonces cuando se percató, en un momento puntual de obnubilación, de que había conseguido dormir, no sabía con exactitud cuánto tiempo pero lo había hecho. Y a su vez, Arco, al igual que su último y grotesco trabajo, Gralóna, no habían sido los protagonistas de sus pesadillas aquella noche.

Una idea comenzó a formarse en su cabeza, poco a poco, como una revelación. Una vez hubo apagado su sed y se sintió espabilado del sopor que sigue al sueño nocturno, repasó en su cabeza la conexión entre sus pinturas y sus sueños. ¿Acaso aquello que había plasmado en los lienzos habían quedado atrapado en su obra y había sido liberado de su mente? No tenía lógica alguna, sin embargo… todo apuntaba a que aquella idea era una certeza absoluta. 

Con dificultad miró los cuadros. Asomarse a ellos era observar la fosa de su mente. Arco y Gralóna permanecían inmóviles, como si siempre hubieran sido solamente óleo, como si nunca hubieran engullido vida.

Abrió otra botella y colocó un nuevo lienzo en blanco sobre el caballete. No había comido en días y apenas había dormido, incómodo, en aquella silla. Sin embargo sintió que nada debía desviarle de su objetivo. Tenía que comprobar su teoría y tratar de liberarse completamente de la tortura que le asediaba de manera despiadada. La pintura parecía haberle otorgado un inesperado don.

Zasha quedaría inmortalizado en este nuevo espacio en blanco que se le ofrecía ahora más como una posibilidad redentora que como un reto artístico. El esqueleto de miles de dedos que sostenía un cuerno en sus manos comenzó a tomar forma lentamente bajo su pincel hecho de miedo. En sus sueños, Zasha soplaba su cuerno, que en realidad no producía sonido alguno, y a todos a los que le llegaba la onda expansiva que emitía, se tapaban los oídos, caían al suelo y, en cuestión de segundos, se convertían en figuras descarnadas, que perecían con una grotesca mueca de dolor en sus rostros. Los ojos de las víctimas se volvían vidriosos y una sombra de horror quedaba dibujada en su retina para toda la eternidad.

Huesudos dedos, cuerpos en descomposición, tierra sin cielo. Todo iba quedando retratado nerviosamente por su pincel.

Cuando hubo terminado observó, perplejo y exhausto, las tres pinturas. No era posible; cada una de aquellas pinceladas de pesadilla y horror que comprendían el conjunto de los tres lienzos evocaban en él el mismo y genuino terror del que había sido prisionero en sus más profundas y frías pesadillas. Los macabros rostros de aquellas criaturas oníricas parecían deformarse en una burlesca sonrisa y poseer vida propia. Aquellos lienzos parecían manifestar el ferviente deseo de querer caer al suelo y escapar, vertiendo de forma inexplicable aquellas nauseabundas pinceladas por el suelo. Aquellos rostros que parecían mirar de soslayo estaban desprovistos de toda humanidad. Gaspar ahogó un grito de terror.

Se levantó de la desvencijada silla y se dirigió hacia una de las esquinas de aquella reducida estancia. Además de servir como almacén para la inmensa mayoría de las obras del pasado, también lo había utilizado como pequeño museo; al final del cuarto, en una sucia esquina que hacía un ángulo obtuso, había colocado, hacía ya mucho tiempo, una estantería que siempre había permanecido bajo el peso de una blanca manta. Gaspar la retiró con cuidado. Bajo esta, una serie de extrañas estatuillas de grotesca apariencia y de tiempo indeterminado se hicieron visibles.

Gaspar cubrió con la manta, con cuidado y cierto temor, aquella serie de cuadros que habían comenzado a formar parte del mundo en menos tiempo del que había pensado que lo harían. Un atisbo de locura, potenciada por el alcohol y el insomnio, comenzó a manifestarse en él.

Debía de contar a alguien aquel don del que, sabe dios desde cuándo, era poseedor. Un don sobrenatural, a medio camino entre lo divino y lo terrible del cual aún no sabía sus dimensiones exactas. ¿Funcionaría solamente consigo mismo? ¿Podría serle útil a alguien más? ¿Se cobraría algo a cambio de liberarle de sus pesadillas?

Abrumado completamente por tantas preguntas sin respuestas, se llevaba las manos a la cabeza mientras andaba desatinado, a zancadas, por la estancia, que amenazaba en su mente con menguar cada vez más. Los cuadros antiguos, las criaturas de las pinturas nuevas, las estatuillas que rápidamente había ojeado… todo allí dentro parecía sobredimensionarse y robarle el aire. —¿Quién? —gritó mientras caía de rodillas al suelo.

Al punzante dolor que sintió en su descuidado cuerpo al impactar contra el piso se unió un recuerdo antiguo, que asomó a su atribulado ánimo para traerle una brizna de consuelo. —Ella, sí, ella me ayudará, estoy seguro. Es la persona más cerca de Dios que conozco —. Con los ojos encañonando al vacío se puso en pie, fue al baño a lavarse la cara y, mientras intentaba mejorar un poco su deplorable aspecto, se sumió en un mar de recuerdos apacibles de su adolescencia.

Se vio a sí mismo cuando aún iba con su padre a la iglesia los domingos y recordó el momento en que la conoció. Había una brisa fresca y húmeda cuando ella apareció en la pequeña arboleda que había detrás de la iglesia. La hermana Piedad era una mujer serena, de gesto tranquilo, que había tomado los hábitos por pura vocación. A él siempre le llamó la atención su piel de cera y sus manos tibias, que aquel día de otoño le habían acariciado las mejillas dejándole durante largo tiempo una sensación de paz a la que acudía muchas veces su mente cuando las tormentas no le permitían pensar con claridad.

Convencido completamente de que ella era la persona a la que debía acudir, salió de su casa con la mente aún algo turbia por los últimos tragos. Al abrigo de la niebla del atardecer comenzó a ascender la empinada cuesta que lo llevaría hasta el convento donde aquel ángel hecho mujer habitaba.

Sus zapatos al andar, en contacto con la adoquinada callejuela en pendiente, producían un sonido sordo que pronto le comenzó a inquietar y a provocarle mareos y visión borrosa sin razón aparente. Una cantidad sin determinar de sonidos de pisadas ajenas a las suyas se unían tras las de él, con el mismo ritmo y frecuencia de vibración; pero, por muchas veces que se volteara a mirar, nunca conseguía ver a nadie. Aquellas pisadas se detenían cuando él lo hacía. Su cabeza, por la falta de sueño y el abuso del alcohol, debía de estarle haciendo pasar un mal momento. Se centró, tenía que terminar de subir aquella condenada e impiadosa cuesta. No podía perder la cabeza, no ahora. Debía mantener la cordura intacta.

Sabía que cuando llegase arriba y se dirigiese a la iglesia, la hermana Piedad, lo escucharía y le aconsejaría sobre lo que debía hacer.

Las paredes de las viviendas, construidas con tosca piedra, y los empinados tejados revestidos por el liquen generado por el húmedo clima, le daban al conjunto un aspecto mágico y al mismo tiempo inquietante. Los balcones sobre balcones de las viviendas comenzaban a ser ocupados por sus moradores, gente sencilla y al mismo tiempo extraña, dedicada principalmente a la mar que despertaba de su letargo antes de que despuntase el día para comenzar la ajetreada jornada con algo de anticipación. Estas viejas casas, tremendamente inclinadas a un lado y al otro de la estrecha callejuela, daban la impresión de querer obstruir el paso para impedirle llegar a la iglesia.

El emplazamiento de aquel pueblo costero de nombre Puerto Blanco se encontraba en la cima de una alta colina comprendida por acantilados. Los días de luna llena se podía observar una extraña y amarillenta neblina alzarse por encima de los riscos más bajos y fusionarse con la bruma de la noche. Aquel extraño fenómeno nunca había agradado a Gaspar quien, en más de una ocasión, lo había retratado con temor en sus lienzos.

Gaspar no tardó en llegar arriba. Allí, a pocos metros de donde se encontraba, pudo ver  la iglesia, arropada por un puñado de casas dispersas de bajo tamaño. Se paró un instante para tomar aire. El tañido de la campana dando las siete lo sobresaltó ligeramente. A esa hora el cielo era aún oscuro y la mortecina luz amarillenta de las farolas alargaba la sombra de la torre de la iglesia hasta casi rozar sus pies.

Una de las hojas del portón estaba abierta, y la luz temblorosa, procedente de los enormes cirios del interior, danzaba hacia el exterior para mezclarse con la neblina que se arrastraba por el suelo de adoquines.

Los pasos de Gaspar disipaban la niebla, la convertía en pequeños remolinos que volvían a reagruparse nuevamente tras él. De nuevo escuchó el rumor de unos pasos, se giró, aprensivo y tembloroso, pero no vio a nadie. Sin embargo, a escasos metros tras él, la niebla jugaba a descomponerse primero y a recomponerse después, como si algo rompiera su sereno transcurso por el suelo gris.

El pintor, con los ojos desorbitados y la boca dibujando en su rostro una mueca de terror, corrió hacia el interior de la iglesia. Traspasar el pórtico y andar por la nave central no hizo que se sintiera mejor. Donde quiera que dirigiera la mirada, creía ver rápidas sombras que escapaban a hurtadillas de la luz para unirse a los rincones oscuros que las velas no conseguían iluminar.

No había nadie. Avanzó con sigilo hacia el crucero, con el oído bien atento por si escuchaba de nuevo los pasos. Ya fuera su mente jugueteando con su cordura o un fantasma escapado del tártaro de sus lienzos, no había entrado en el sagrado recinto.

Avanzó hacia la sacristía, quizás la hermana Piedad se encontrara allí limpiando y colocando el material litúrgico para la misa, aunque no le parecía probable. Giró levemente el pomo, y sin saber bien el por qué, le sorprendió que la puerta no estuviera atrancada. Apenas la abrió, sintió el aroma del incienso que provenía del pebetero que se guardaba allí. Aquel olor le transportaba al luminoso pasado, a su familia, a su infancia, a todo lo bueno y hermoso que había quedado atrás.

Cuando terminó de abrir la puerta, una figura absolutamente negra en el fondo de la sacristía lo sobresaltó. Con una lentitud que se le hizo eterna, la presencia se dio la vuelta. El temblor constante de sus manos pasó de ser apenas imperceptible a convertirse casi en convulsión. 

—¡Oh! Mi querido Gaspar, me has asustado. No esperaba a nadie aquí dentro —. La dulce voz de la hermana Piedad estaba algo agitada por la sorpresa.

—Pi-Piedad. No esperaba encontrarte aquí tan temprano —dijo al fin, algo más calmado, también sorprendido por el inesperado encuentro.

—Mi querido Gaspar, sabes que la casa de dios nunca duerme —dijo con voz monótona, como si aquellas palabras fuesen un comodín y las hubiese utilizado en incontables ocasiones con alguno de sus feligreses.

El serio rostro de la hermana Piedad, iluminado por la pálida refulgencia de las velas, incomodó al pintor. No debía de haber ido allí, pensó; aquella idea lo había acometido desde que puso el pie en las blancas baldosas de la iglesia. ¿Podría confiar en ella? ¿Qué pensaría de él tras contarle los inquietantes resultados de aquel don del que creía ser poseedor? Se imaginó con una camisa de fuerza y con dos policías a cada lado, sujetándolo fuertemente de los brazos, sin humanidad, llevándoselo al hospital para enfermos mentales de Dévelon, a tan solo sesenta y ocho kilómetros de distancia de Puerto Blanco: como si no fuese más que otra alma corrompida. Solo los cuervos estarían allí, graznando en cada forcejeo con aquellas marionetas del sistema mientras lo introducían en el automóvil para llevárselo.

La religiosa observó a Gaspar con sumo detenimiento y cierto aire de reprobación. Los ojos enrojecidos, los dedos temblorosos, la barba de varios días y las ropas poco limpias le daban a entender que el pintor estaba sumido nuevamente en otra espiral vertiginosa de alcoholismo. El incómodo silencio se hizo más notable hasta que la hermana Piedad habló de nuevo. Intentó, con poco éxito, no imprimir reproche a sus palabras, su misión era acercar a los hombres a Dios, pero le repelía el abandono al que aquel hombre se había entregado y el fuerte olor a bebida que desprendía.

—No parece que te encuentres bien. ¿Has venido a pedirme ayuda? —tras sus palabras el eco de los pasos que siguieran a Gaspar por el camino retumbaron en el interior de la iglesia. Ambos miraron hacia el exterior de la sacristía. 

—La madera de los bancos del coro crepitan cuando hay humedad —confirmó con serenidad la hermana Piedad —. El hábito negro se le antojó sumamente amenazante al ya algo menos ebrio pintor, no podía adivinar bien los leves movimientos que la mujer realizaba con sus manos, introducidas en las amplias mangas.

El pintor, todavía invadido por aquellos oscuros pensamientos, y con la cabeza gacha habló por fin.

—En realidad sí, hermana. Tengo algo que contarte pero no estoy seguro de saber hacerlo —. Dijo, intentando mantener la calma y las emociones que lo abordaban en ese instante.

—Gaspar, te conozco desde que eras tan solo un niño, ¿el maligno te ha querido tentar? Habla, pues ningún mal debe ser callado.

Gaspar alzó la cabeza y miró fijamente a los ojos de la monja.

—Al contrario, hermana Piedad. Dios me ha otorgado la herramienta perfecta para purgar de parásitos el mundo onírico.

 

II

 

Para la hermana Piedad, entrar en la casa de Gaspar, cochambrosa, sucia y oscura, supuso un doble sentimiento: repulsión y compasión. Estaba acostumbrada a su convento impoluto y sagrado, en el que ningún tipo de suciedad, espiritual o material, permanecía mucho tiempo. Ella a diario se ocupaba de limpiar todo con esmero. Los muebles de su celda eran escasos, pero ni una mota de polvo reposaba en ellos; el crucifijo antiguo colocado sobre la cabecera de su cama estaba siempre reluciente y sus sábanas lucían invariablemente limpias y estiradas. Así eran su vida y su fe: pulcras.

En la casa de Gaspar se acumulaba suciedad por los rincones, una gruesa capa de polvo lo cubría todo y las cortinas, pesadas y hechas jirones, oscurecían la estancia haciendo imposible que no pareciera de noche allí dentro. El olor a comida agria se mezclaba con el del gasoil. Algo debía haberse estropeado en la cocina y alguna plaga debía andar por las viejas maderas de la casa.

Lo que el pintor le había contado parecía una auténtica locura, pero su vehemencia y la luz de sus ojos mientras explicaba lo que había sucedido en la últimas jornadas habían hecho imposible que le dijera que no iría a comprobarlo. —El alcohol debe estar haciendo que delire, que no distinga la realidad del estado de ebriedad —pensaba la religiosa mientras seguía a Gaspar hasta el cuarto donde estaban sus pinturas.

Montados sobre tres caballetes, el pintor le mostró los lienzos en los que había estado trabajando. Horrendos paisajes que albergaban criaturas descomunales y malignas, de los que parecía brotar solamente destrucción y dolor inmensos, se mostraron ante ella. Dio un paso atrás, asustada, pensando que la mente de su querido feligrés estaba aún más devastada de lo que ella había imaginado. El dolor de la soledad debía haber destrozado la humanidad que le quedaba, solo una mente desfigurada pudo haber reflejado aquella impudicia.

—¿Qué le parece? —una sonrisa desencajada se asomó al rostro sin afeitar del pintor.

—Querido Gaspar, te contaré mi pesadilla para que puedas pintarla —la monja evitó responder a la pregunta. Solo quería salir de allí y volver a su convento cuanto antes para continuar con su reposada rutina diaria.

Iba a comenzar cuando de pronto la asaltó una duda. ¿Qué estaba haciendo allí, en aquella casa desvencijada? Estaba a punto de contarle a Gaspar, un hombre solitario y atormentado por sus pinturas, una de sus peores pesadillas. ¿Acaso Dios no la había escuchado? Hacía muchos años le había suplicado que se hiciese cargo de ellas; tomó el camino de la fe, convirtiéndose en abadesa por ello…, pero aquellos terribles y odiosos sueños siempre terminan volviendo. Nunca hubo respuesta por parte de Él. En las noches más oscuras, emergía de las capas más profundas de la inconsciencia para atormentarla con los acontecimientos de un pasado ya muy lejano…

Pensó que quizá por fin el Altísimo había escuchado las súplicas de hacía tantos años y le había enviado a Gaspar, junto con aquel don que decía haber obtenido. ¡Eso es! Quizá había mandado aquella alma atormentada para la purificación y liberación de aquel martirio de su niñez.

Apartó los pensamientos de escapar de allí para volver al convento y seguir con su rutina diaria. Debía de ser más comprensiva con la insólita experiencia que aseguraba haber vivido Gaspar.

Tomó asiento sin esperar a que el pintor le invitase a hacerlo.

—Solo a Dios, en mis oraciones nocturnas, le he contado lo que te voy a contar a ti ahora. Ni siquiera en confesión he sido capaz de narrar lo que vas a escuchar. Quizás El Señor, en su infinita sabiduría, ha cruzado nuestros caminos en este instante para liberarnos a ambos del infierno personal que nos asola el alma —La religiosa suspiró con profundidad y rebuscó entre sus recuerdos hasta dar con las imágenes que tanto había intentado sepultar. Entornó la vista y sujetó en sus manos blancas un sencillo rosario de madera.

—Sucedió cuando tan solo era una niña —siguió diciendo tras unos breves segundos de silencio, su voz denotaba temor —. Mi familia, padre y madre, siempre habían vivido en este pueblo, en la parte más alta del mismo. Mi padre, pastor, se había dedicado toda la vida al cuidado de las ovejas, al igual que su padre y el padre de su padre. Siempre fuimos una familia de pastores.

Todo ocurrió en el transcurso de una eterna noche en la que el viento aullaba y el tiempo amenazaba con traer lluvia. Yo estaba en la cama, mis padres ya me habían dado las buenas noches y retirado al comedor hacía rato. Los oía hablar, intranquilos. Él decía que escuchaba una de las puertas del establo abierta, golpeando por las rachas de viento contra el marco, y que debía ir a ver qué pasaba. Ella le decía que no, que tan solo era una rama de los árboles cercanos chocando contra el techo de la misma. La conversación terminó bruscamente, escuché a mi padre abrir la puerta de nuestro hogar y salir, precipitándose en la absoluta oscuridad entre murmullos.

Minutos después, un grito aterrador quebró el silencio de la noche. Gaspar, te aseguro que no fue él. Aquel diabólico grito no podía haberlo producido ningún órgano fonético humano; ningún ser en la faz de la tierra podría emitir semejante aberración auditiva. Ninguno. Escuché a mi madre exclamar asustada el nombre de su marido, levantarse y salir corriendo en pos de él, dejando la mecedora en la que había estado sentada en un vaivén eterno. El terror, con mano fría, se apoderó de mi alma.

No logro recordar con lucidez qué pasó a continuación, pero me encontré en la calle, descalza y tiritando de frío. Estaba frente al establo pero la puerta del mismo había desaparecido. No veía a mis padres por ninguna parte y, cada vez más, el miedo me paralizaba.

Vi entonces que de la honda oscuridad del establo emergía una sombra que avanzaba hacia mí. Retrocedí unos pasos, segura de que lo que había producido el espeluznante grito que oyera minutos atrás, se dibujaría claramente frente a mis ojos en el instante en que llegara a la zona bañada por la luz de la luna. Avanzó un poco más, y fue entonces cuando lo pude observar con claridad. Fue tal la impresión, que caí hacia atrás y me quedé sentada en el suelo, pero ni aun así fui incapaz de cerrar los ojos o apartar la vista de él.

Un chillido de terror se atoró en mi garganta, pero no pudo liberarse, así que aunque me esforcé, no produje sonido alguno. Solamente podía jadear.

Aquella criatura era enorme y de aspecto rocoso. Su cara infernal parecía casi de hombre, pero dos grandes cuernos de carnero se enroscaban en lo alto de su frente. Sus ojos brillaban perversos bajo el abundante pelo de su cabeza, que caía sobre sus cejas pobladas. Tenía una barba larga y puntiaguda que le reposaba en el pecho amplio. Su terrible boca de enormes colmillos babeaba sangre. Sus brazos eran poderosos y sus manos acababan en afiladas garras. Yo había visto en muchas ocasiones a mi padre despiezar el ganado, así que cuando reparé en sus zarpas gigantescas, supe que había en ellas restos de vísceras.

Bajo la luz blanca y átona de la luna parecía que su gruesa piel era rojiza. Avanzó aún más hacia mí. El sonido sordo de unos cascos, como si fuera la pisada de un animal, hizo que pudiera apartar por fin mi mirada del influjo de la suya y hacerla descender, despacio, para observar sus piernas. Eran extremadamente velludas, sus rodillas se doblaban hacia atrás y acababan en pezuñas, que se clavaban en la tierra a cada paso que daba.

Sentí mucho frío, mi vista se nubló poco a poco y perdí las fuerzas. Lo siguiente que recuerdo es abrir los ojos en una cama, en casa de mi tía. 

Hallaron el establo teñido de sangre. Gran parte del ganado había sido destrozado y sus restos estaban desperdigados por todos lados. Algunas cabezas tuvieron que ser sacrificadas porque tenían heridas mortales. Había salpicaduras rojas en las paredes de madera y en el techo. Cuentan que el olor era nauseabundo y que una nube de moscas zumbaba ensordecedoramente.

Pensando que había sido obra de alguna manada de lobos, aunque estos nunca habían bajado hacia las cercanías del pueblo, hicieron una batida por los alrededores, incluso se adentraron en el bosque. Nunca encontraron nada: ni depredadores, ni señal alguna de mi familia. 

No volví a ver a mis padres jamás, Gaspar, y durante muchas semanas fui incapaz de pronunciar una palabra. En aquellos aciagos días soñé todas y cada una de las noches con el ser sulfuroso que vi la noche en la que mis padres desaparecieron. Con el tiempo, las pesadillas se fueron volviendo menos frecuentes, pero todavía siguen apareciendo algunas noches para atormentarme.

Gaspar, que se había mantenido en pie y con los ojos cerrados mientras la hermana Piedad relataba aquella horrible vivencia, los abrió cuando pronunció las últimas palabras y posteriormente finalizó.

—Lo siento —murmuró. En su ronca y adormilada voz no se manifestó sentimiento alguno —. Necesitaré una fotografía del establo, si la tienes, para poder dibujarlo. De no tenerla necesitaré que me lo describas con todo lujo de detalles.

Piedad asintió. Ningún vecino de las inmediaciones quiso adquirir aquel establo por temor a lo sucedido por lo que finalmente decidieron derruirlo y en su lugar edificaron varias viviendas; las pocas ovejas que habían quedado sanas y con vida fueron donadas a otros pastores que meses después aseguraron que su comportamiento no era normal.

Creía conservar, en el sótano, alguna fotografía donde aparecía aquel inmundo establo. Piedad haría cualquier cosa para deshacerse de aquél diabólico recuerdo y, quizá, si Gaspar decía la verdad y funcionaba, tal como aseguraba con vehemencia, podría pedirle que plasmase en sus lienzos otras muchas pesadillas que la atormentaban sin piedad.

—También necesitaré una o varias fotografías de tus padres —siguió hablando Gaspar —. A estos no lo incluiré en la pintura, necesito de alguna forma, con ayuda de las imágenes, emular el evento, la pérdida, el miedo…; si no sé qué aspecto tenían, muy a mi pesar, creo no poder pintarlo. Y aunque lo lograse, y la blasfema imagen fuese tan real como tus propios recuerdos, no puedo asegurarte que funcione, Piedad. No sé por medio de qué ignotos y milagrosos engranajes pasan las pesadillas de mi cabeza al lienzo para quedar atrapadas allí.

La monja asintió. Era consciente de que, lo que decía Gaspar, podía ser posible. Pero no iba a perder la oportunidad de descubrirlo.

Al día siguiente, la hermana Piedad rebuscó en las viejas y olvidadas pertenencias de sus congenitores cualquier fotografía que pudiese servirle. No tardó en encontrar un pequeño álbum con fotografías junto a la cámara Polaroid que las hizo. Este contenía decenas de fotos de sus padres, de la pequeña casa en la que se había criado, de aquella cabaña en el árbol que su padre le había ayudado a construir cuando tan solo tenía seis años, de ella cuando tan solo era un bebé… y de aquel maldito establo.

Sin dilación, la religiosa regresó a casa del pintor con las fotos dentro de una biblia que le había regalado su tía tras la desaparición de sus padres. Quizás, había pensado, al colocarlas entre el verbo de Dios se obrara el milagro que durante tantos años había esperado. —Tu palabra es como agua que apaga la sed, refresca, fecunda y limpia —murmuraba con el fin de recordarle al Altísimo su petición una vez más.

Durante la noche había vuelto a soñar con el extraño ser que se le presentó aquel miserable día. —Esta vez —se dijo a sí misma —me ha sido útil soñar con él, tengo su imagen más fresca que nunca y podré darle hasta el menor detalle a Gaspar para que lo plasme en el cuadro. Quiera El Señor que funcione —.

Volver a contemplar la foto del establo le encogía el alma, la imbuía en dolorosos recuerdos sobre los meses posteriores en los que enmudeció presa del terror. En esos amargos tiempos, aún esperaba todos los días volver a oír la voz de su padre llamándola al llegar del trabajo, “chiquita mía”, la llamaba él, y salía corriendo a la puerta, para comprobar después que la voz que oyó había sido solamente el viento entre las ramas. Otras veces creía percibir el olor a flores de su madre mientras le cepillaba el cabello dorado y sus labios suaves sobre su mejilla antes de dormir, pero abría los ojos y no había labios, sino soledad. No regresaron. La verdad era cruda. No volvió a existir ese amor para ella, le fue arrancado de cuajo. Solo Dios la amaba como lo hicieron sus padres. Y Piedad sentía que tampoco podría amar a otro ser que al Creador. El amor divino fue lo único bueno que existió tras aquel día.

Gaspar, nervioso y completamente sobrio después de mucho tiempo, extendía las pinturas en su lienzo. Adoraba a la hermana Piedad, la veía siempre como si estuviera dentro de un halo de serenidad inmaculada que él anhelaba. Era tan recta, tan dulce y tan hermosa, que puso en su pintura todo el deseo que encontró en su alma con el fin de hacerla feliz. Los horrorizados ojos de la monja, que le confirmaban la perfección de sus trazos, lo angustiaban tanto como sus propias pesadillas. No necesitaba preguntarle si lo estaba haciendo bien, las lágrimas que descendían por sus mejillas de cera eran toda la respuesta que él precisaba para continuar, para terminar cuanto antes y que ella reposara de tanto sufrimiento.

Horas después, en las que Gaspar no descansó ni un instante, el cuadro estaba concluido. Se sentía exhausto, ansioso por beber, pero no quería que la hermana Piedad lo viera borracho de nuevo.

Permanecieron en aquel desordenado cuarto por varios minutos, en silencio, descansando del enorme esfuerzo realizado y observando el lienzo en el que se representaba aquella criatura aberrante.

La religiosa no tardó en abandonar la casa del pintor; lo hizo sin apenas mediar palabra, deseando fervientemente que lo inexplicable sucediese. Cuando salió por aquella puerta inclinada y rota, el sol ya había abandonado el cenit; una oscuridad total se extendía ante ella y un cielo sin luna que le oprimió el corazón. Caminó hasta  el convento, envuelta en pensamientos y dudas que jamás pensó que llegaría a cuestionarse, preguntas que retaban a la ciencia moderna y la obligaba a cambiar muchos de los principios que se creían hasta hoy inamovibles.

Las semanas fueron transcurriendo lenta e inexorablemente. Piedad no había vuelto a visitar a Gaspar y este, a su vez, tampoco pisó el suelo de la iglesia.

A los dos días de la finalización del cuadro la religiosa había tenido que permanecer en cama. El único doctor del pueblo, Víctor Saica, un hombre grueso de extrañas prácticas, alopécico y de espesa barba color ceniza, tuvo que acudir al convento tras enterarse de que la abadesa padecía de fuertes dolores de cabeza que no parecían remitir; lo único que hizo fue recetarle una serie de pastillas que la paciente nunca llegó a tomar. Al séptimo día los agudos dolores de cabeza fueron desvaneciéndose hasta que, finalmente, desaparecieron por completo.

Los días siguientes a la recuperación, el perturbador suceso de su niñez quiso, con pavorosa agresividad, volver a invadir su mente. Pero, por algún motivo que ella todavía desconocía, este se manifestaba en ella de forma muy distinta a como lo había recordado siempre; pequeños detalles como la carencia de la puerta en el establo ahora no lo recordaba, de igual forma pasaba con la sangre del suelo y las paredes, o con la mismísima e inhumana criatura, esta difería ahora a contornos menos detallados y borrosos y parecía convertirse por momentos en una amalgama de oscuros colores sin forma.

Fue al decimoquinto día cuando, Piedad, ya no recordaba, ni había vuelto a tener aquella pesadilla de su niñez. Un vacío enorme y sin nombre había quedado libre para siempre en sus recuerdos.

La primera sensación que la embargó tras esos quince días fue de tremendo alivio: las noches tranquilas y los recuerdos limpios fueron la respuesta de Dios tras tantos años de plegarias. Despertaba serena por las mañanas, el aire que respiraba le parecía más puro que nunca y se iba a la cama sin temor alguno a que los recuerdos del pasado la asaltaran nuevamente. La vida de paz que tanto había ansiado comenzaba ahora.

Sin embargo, poco pudo disfrutar de aquella sensación de armonía. Algo en su interior comenzaba a removerse. Una idea, sin forma aún, la mantenía intranquila. Empezó a estar convencida de que en esta vivencia sin precedentes había una pieza que no terminaba de encajar. Cuando el crepúsculo se adueñaba del patio interior del convento y las sombras se alargaban hasta penetrar en su celda con extrañas formas, se sentía inquieta.

Apenas unos días después de que empezara a sentirse intranquila, mientras limpiaba el crucifijo que había sobre su cama, se le reveló repentinamente el significado de su desasosiego: el poder de Gaspar era inmenso; aquel hombre era capaz de exorcizar no solo su mente, sino también la de otros. Un don divino, que únicamente debía estar en manos del Todopoderoso, estaba ahora bajo el dominio de un pintor alcohólico y atormentado.

El temor comenzó a desbordarla, ¿quién sabe qué podría hacer en un delirio de abstinencia o durante el estado de ebriedad?, ¿tendría la capacidad de desatar los demonios que había retenido en aquella suerte de tártaro que eran sus lienzos? Fugaces imágenes de los cuadros que vio en el estudio, terribles y grotescas, comenzaron a torturarla. En su mente parecía que reían, soturnas, esperando el momento de ser desatadas y arrasar con todo.

Tenía que hacer algo. Alguien más debía saber qué estaba ocurriendo. Se sentía responsable de lo que pudiera suceder a manos de un Gaspar incontrolado.

Colocó el crucifijo en su sitio sin terminar de limpiarlo y salió del convento en dirección a la casa del alcalde, un hombre devoto que había ayudado en incontables ocasiones a la congregación religiosa cuando habían tenido problemas económicos. Gracias a él habían podido arreglar el tejado el invierno pasado, cuando las goteras estuvieron a punto de estropear el órgano de la iglesia. Él sabría qué hacer.

La residencia del alcalde, un viejo caserón de mediados del siglo XIX con grandes y sucias ventanas estiradas, se encontraba próximo al mar, al filo de un alto y escarpado acantilado, a tan solo unos pocos metros de distancia de las últimas y más apartadas casas del pueblo. Desde allí arriba era el único lugar donde se podía ver el viejo pueblo al completo, cuando el viento de levante llegaba y aullaba de forma espantosa retirando la espesa bruma que lo oculta de toda mirada humana.

A cualquier persona le habría inquietado aquella mansión de grisáceas paredes, tejado inclinado y columnas de madera podridas a causa de la humedad, y muy probablemente esta imagen le habrían llevado a pensar que allí no vivía nadie, pero Piedad sabía que no era así y que, entre sus paredes, habitaba un hombre con el que se podía contar en cualquier situación.

La religiosa se acercó a la enorme puerta y con mano firme hizo sonar la aldaba, una, dos, tres veces. Por un instante olvidó la razón por la que se encontraba allí y deseó no haber llamado. No importaba, la multitud de ventanas de la mansión ya le habrían hecho saber al alcalde de su llegada mucho antes de su llamada.

En aquel mismo instante la puerta se abrió, lentamente y con dificultad, acompañada de un chirrido procedente de las viejas y oxidadas bisagras.

Ante ella se mostró un hombre alto y corpulento, con manos velludas y negra barba de varios meses. Las paredes de la mansión, repleta de plantas rastreras y enredaderas, parecían mantener la respiración, expectantes por el encuentro. Los ojos del alcalde parecían no dar crédito a lo que estaban viendo; la última vez que la religiosa había subido allí arriba había sido hacía mucho tiempo.

—Isaac Varela —dijo la abadesa, sorprendida por la pronta respuesta de este.

Tras escuchar la siniestra historia de la hermana Piedad, el alcalde de aquel pueblo, completamente sumido en las tinieblas de la bruma invernal, se giró hacia el ventanal que había tras él. La negra silueta del hábito, por alguna extraña razón, le producía esa tarde escalofríos. La penumbra del oscuro crepúsculo apenas le había dejado ver el rostro de su amiga mientras le hablaba, con lo que durante toda la narración le había parecido que era una sombra irreal quien se dirigía a él.

Miró hacia el mar, como si su agitada superficie gris le pudiera ayudar a asimilar lo que la monja, con átona voz, acababa de confesarle. Un débil sollozo a sus espaldas le confirmaba que era totalmente cierta la historia del pintor. La hermana Piedad jamás le mentiría, un pacto de honor no escrito, sellado años atrás en unas circunstancias que ahora no venían al caso, hacía que entre ambos la verdad fuera tan importante como el respirar.

Entendía el terror que encogía a la hermana, pero un destello de codicia brilló en sus ojos de repente. 

—Entiendo que algo tan importante —comenzó a decir con un impostado tono de voz —no deba estar en manos de ese pobre miserable. Sin duda es necesario hacer algo, y hacerlo ya. Dime, Piedad, ¿son buenos esos cuadros? —tras formular la pregunta se volvió de nuevo hacia la sombra negra, que a medida que avanzaba la tarde más parecía diluirse en la oscuridad del caserón.

—Nunca había visto algo así, Isaac. Cada una de las pinceladas expresa un universo entero—. Mientras Piedad pronunciaba estas palabras, el alcalde sonreía para sus adentros. Mantener aquel caserón, que se pudría a pasos agigantados junto al mar era extremadamente costoso. En las entrañas de sus paredes se acumulaban el salitre y la humedad. Tener un cargo público en aquel rincón olvidado del mundo no le aportaba todos los beneficios que hubiera querido, y necesitaba que aquella casa se mantuviera en pie por motivos que a nadie podía desvelar.

Aquel pintor borracho, casi indigente, parecía ser la mejor propuesta de cuantas se le habían pasado por la mente. 

—No te preocupes, estoy deseando poder ayudar a ambos. Ese pobre desdichado acabará mal si no le auxiliamos. Y creo, Piedad, que los cuatro saldremos beneficiados de lo que se me acaba de ocurrir —sonrió ahora abiertamente.

—¿Los cuatro? ¿Quién es el cuarto? —preguntó Piedad algo más tranquila tras saber que el alcalde había accedido a ayudarla.

—Simón Perasi, el superintendente de policía, ¿o crees que deberíamos dejarlo al margen de lo que está sucediendo? —su inquisitiva y fría mirada se clavó en el cansado rostro de Piedad —. Si es cierto todo cuanto me has contado, ese hombre tiene que ser vigilado, es muy peligroso. A saber a qué desconocidas y extrañas fuerzas se inclinará a servir tras quedar exento de las ligaduras de sus pesadillas. ¡Puede ser el fin de todos!

—S-Sí, por supuesto, hablemos con Simón —. Dijo la monja, cada vez más convencida de que haber subido la colina en busca de aquel hombre había sido la elección más correcta.

 

III

 

Las semanas siguientes, tras la visita de la abadesa a la mansión del alcalde en los alto del barranco, fueron notablemente complicadas. Bajo el vago pretexto de que habían visto a Gaspar vagar borracho y que podía ser el sospechoso de algunos atracos que se habían cometido la madrugada anterior, dos policías uniformados, cada uno de ellos apostados a un lado y al otro de la única puerta de la casa de Gaspar, hacían vigilancia y se reemplazaban en la custodia cada doce horas. 

Habría sido una imagen interesante de ver, y animado tema de conversación para muchos de los vecinos, si no hubiese sido por los extraños y perturbadores sucesos que acontecieron en ese mismo periodo de tiempo en los alrededores del pueblo.

En las silenciosas playas y en el puerto, animales acuáticos, horriblemente fusionados con otros de su mismo género, aparecieron por toda la costa y mar adentro. Otras muchas especies, de inmensa y grotescas formas completamente desconocidas hasta hoy por la ciencia, hicieron su aparición de igual forma, y dejaron constancia de su existencia en aquellas playas, entre los vertebrados ya catalogados y conocidos por todos.

Un equipo de biólogos marinos de la universidad de Paostarpri investigó y estudió el caso junto al Instituto de Física del Globo de París, y llegaron a la conclusión de que la tierra pasaba nuevamente por un periodo de 12.000 años; en los últimos tiempos de este largo ciclo, la naturaleza comenzaba, por alguna razón que desconocían, a manifestar extraños comportamientos meteorológicos. Pocos meses después se ordenó la clausura del estudio por orden de altos cargos y se suspendió la financiación por razones no demasiado concluyentes.

De repente, parecía que todo se hubiera vuelto del revés. Los más extraños acontecimientos estaban sucediéndose en aquel pequeño pueblo junto al mar, que parecía haber sido abandonado ahora por la mano de Dios y de los hombres. El fin de los tiempos aterraba a la población, sin que nadie se dignara a darle una explicación lógica de lo que les trataba de atormentar desde el mar. Los biólogos se habían marchado una buena mañana dejando tras de sí el vacío de la duda y sensación de desamparo.

Gaspar, absolutamente desorientado por cuanto acontecía, se sentía enloquecer aún más. No quedaba una gota de alcohol en su casa. Sus cuadros, que encerraban monstruos terribles y amenazantes, cuyos movimientos dentro de la pintura podía escuchar desde su cama en el cuarto superior; las criaturas condenadas que aparecían a orillas de las playas y aquella infame acusación que caía sobre él, absolutamente injustificada, le había hecho caer en un estado de irrealidad y confusión insoportable.

Insectos enormes y viscosos recorrían su cuerpo y las paredes de su casa. Exhausto, trataba de acabar con ellos, pero estaban por todas partes, se reproducían sin cesar. Las alucinaciones por la abstinencia de alcohol lo hacían ver cosas que no existían más que en su imaginación delirante.

Pensaba en Piedad. Estaba convencido de que ella deseaba verle, pero que no la dejaban entrar. Su imaginación lo hacía verla a veces, rodeada por un halo hermoso de luz dorada. Él corría hacia sus sagradas manos para llorar en ellas y pedirle paz. Pero todas las veces, no era más que alguna sombra que proyectaba algún objeto al detener el paso de la  luz del sol del atardecer que se derramaba por su ventana.

Sollozaba impotente cerca de la entrada de su casa, cuando uno de los guardias que lo custodiaba abrió inesperadamente la puerta. El anaranjado y potente sol de la tarde dibujó tres siluetas negras en el umbral. Cuando avanzaron un poco, distinguió, entre ellos a la religiosa. Los otros dos eran nada más y nada menos que Simón Perasi e Isaac Varela.

—Simón, por Dios, yo no he atracado a nadie. Piedad, díselo—. Pero ella desvió la mirada de los ojos ansiosos de Gaspar y miró al suelo.

—Querido amigo —habló Isaac, en tono paternalista —me han dicho los guardias que han oído gritos y ruidos —miró a su alrededor, algunos muebles aparecían rotos en el terrible afán del pintor por acabar con los insectos. —No tienes buen aspecto, te he traído algo —alargó un pequeña botella de whisky, de la que Gaspar, aunque avergonzado por hacerlo delante de la hermana Piedad, bebió con ansiedad. Tras un par de tragos, se sintió mejor.

—Hemos venido a ayudarte —intervino Simón.

—En efecto —dijo Isaac entrando en la vivienda tras Piedad y Simón y cerrando la puerta —. Queremos ayudarte, Gaspar, porque necesitas ayuda, ¿verdad?

Un silencio incómodo se hizo en el lugar por breves segundos.

Gaspar, en un estado de alcoholismo y demencia progresiva que no le permitía pensar o actuar con claridad, dejó caer su cuerpo en una de las sillas cercanas.

—Vamos, vamos —le animó Simón Perasi, no vamos a detenerte. Todos sabemos que, aunque sospechoso de uno de los atracos de la otra noche, no eres culpable. Te mantendremos bajo arresto domiciliario unos pocos días, solo hasta que consigamos dar con el verdadero culpable y el caso quede resuelto.

Perasi se había arrodillado junto a él, con su oscuro sombrero de fieltro apoyado en la rodilla, y desde esa postura le hablaba, como si de un niño se tratase y pretendiese convencerlo de algo.

—Nadie te hará daño mientras nosotros o algún agente de policía esté aquí —intervino Isaac Varela —Piedad nos ha contado lo de tus pinturas. Creemos que la forma más rápida de acabar con todo esto es que termines de exorcizar las pesadillas que aún están en tu mente.

Gaspar, tras escuchar el nombre de Piedad, levantó la cabeza que hasta entonces había mantenido cabizbaja y la miró de soslayo.

—¿Y para qué necesito de vuestra ayuda? —Preguntó con un tono de repugnancia en su voz —sé muy bien exorcizar mis demonios.

Piedad y Simón, ahora de pie en el recibidor y algo alejados de Gaspar, se retorcían las manos, nerviosos.

—Esa es la cuestión, Gaspar —dijo al fin Piedad —. Estos hombres, al igual que yo misma, precisamos de tu comprensión y ayuda.

El pintor jamás hubiera accedido a ayudar a aquellos dos hombres, a los que no tenía en buena estima, pero era Piedad quien se lo pedía, y a ella no podía decirle que no, por mucho desprecio que sintiera por ellos. A cambio de ayudarlos, la religiosa le garantizó redención divina por sus pecados y lo convenció de que ese había sido el designio que El Señor le había otorgado en su infinita sabiduría, una de tales proporciones, que el hombre jamás llegaría a comprender. Y Gaspar creyó en ella con fe ciega.

Ahogado en ingentes cantidades de alcohol, que Perasi y Varela le habían proporcionado, colocó un lienzo en blanco en su caballete y fue pintando, uno a uno, los sueños nocturnos que mortificaban a aquellos dos hombres. Con terrible desesperación, sintiendo en su cabeza gusanos hechos de pesadillas que devoraban su cordura y horadaban su sentido de la realidad, iba plasmando con su insana paleta el dolor, las noches de tortura y el tormento de las almas de Isaac y de Simón, como había hecho consigo mismo y con Piedad.

Al igual que en las veces anteriores, el estado similar al trance en el que entraba mientras pintaba, le impedía tomarse el menor descanso. Hora tras hora, copa tras copa, Gaspar fue pintando sin parar ni tan siquiera para comer.

Empezaba a ver borroso todo a su alrededor. El agotamiento iba haciendo mella en él como nunca antes lo había hecho. El contenido de los cuadros se mezclaba con las paredes de la habitación, con el techo y hasta con su propia piel.

De vez en cuando le parecía ver ladinas sonrisas en el alcalde, en el jefe de policía e incluso en Piedad. En su mente enturbiada por el cansancio extremo, creyó entrever que algo se traían entre manos, sin embargo, sabía que llevaba días sin dormir y que no había parado de beber. Desoyó la alerta de su propia mente, la confundió con su locura.

Al terminar, en completa ebriedad, se dejó caer en un jergón que había colocado en aquella especie de taller de los horrores en el que se había convertido la habitación en la que solía pintar.

—¡Ahora! —solo una palabra de Simón Perasi bastó. Abrió la puerta. Los dos guardias que habían permanecido en el exterior entraron en la estancia que su jefe les indicó. Titubeantes, con expresión de sorpresa, se detuvieron en el umbral de la entrada al taller de Gaspar. Se miraron mutuamente, como si no se atrevieran a dar un paso más.

—Rápido —les ordenó Perasi. —Solo son cuadros y el hombre está borracho, nada más—.

Cuando los dos policías, decididos a echarles mano y sacarlos de allí se acercaron a los cuadros, que ya comenzaban a ser una cantidad considerable, los terribles contornos de estos adquirieron mayor detalle y los paralizó de nuevo, esta vez de puro terror.

—¡Vamos! Imbéciles, coged los malditos cuadros y sacadlos de ahí. ¿Es que no me habéis escuchado? —les apremió Perasi.

Los dos hombres, con mano trémula y mirando hacia otro lado, fueron sacando los cuadros uno a uno a la calle y cargándolos en un furgón color oscuro y sin matrícula. El vehículo abandonó el lugar tan pronto hubieron terminado.

Simon, Isaac y Piedad habían acordado utilizar a Gaspar como herramienta para exorcizar sus mayores pesadillas y, una vez consumado el problema, lucrarse a base de ellas; lo harían vendiendo los cuadros de las mismas a grandes museos pictóricos, galerías o exposiciones de arte, ignorando por completo las peligrosas consecuencias de tener un miedo que siempre había sido parte de ellos fuera y muy lejos de sus vidas. 

La versada mirada de un perito experto en arte les aseguró que aquellos cuadros valían una fortuna. La originalidad del contenido, la limpieza del trazo y el uso maestro de la luz y de la perspectiva, los convertía en piezas de alto valor económico. Anotó en un informe el importe de la tasación, estampó su firma y su sello y se los mostró. Simón e Isaac se miraron rápidamente. Un ambicioso destello les dibujó una sonrisa en el rostro.

Piedad agachó los ojos, la avaricia había terminado por hacerla sucumbir, era consciente de lo que estaba haciendo. Ella solo había intentado ayudar a Gaspar, pero se sentía ahora presa en la terrible espiral de codicia en la que había caído: “merezco algo bueno en la vida, aunque sea dinero”, pensaba una y otra vez, sin terminar de convencerse; “es lo mejor para Gaspar, estoy segura”. Sus pensamientos le sonaban tan falsos que no se atrevía a levantar la vista para mirar de nuevo el importe que aparecía sobre la firma del perito.

El marchante de arte que habían contratado se había movido por los círculos artísticos más notables, que conocía como la palma de su mano tras muchos años ejerciendo el oficio. Pero la sorpresa de los tres fue mayúscula al descubrir que todas las instituciones a las que se les habían ofrecido los grotescos cuadros se negaban a adquirirlos y colgarlos en sus paredes. Solo un extraño y apartado museo al norte de España estuvo interesado en alguna de las pinturas y las adquirió por grandes sumas de dinero.

Aquel museo, del que poco sabían y del que pocas preguntas hicieron, les había reportado mayores beneficios de los que habían alcanzado a pensar cuando comenzaron a tramar el plan. Cegados por la más profunda de las codicias no se pararon, ni por un instante, a preguntarse por qué ningún museo quiso los cuadros excepto aquel. El marchante de arte parecía, además, con ganas de quitarse el trabajo de encima.

Una madrugada, cuando todavía el sol no había despuntado, Víctor Saica, el doctor del pueblo y un grupo de extraños hombres encapuchados y con la cara en sombra, se presentaron en la casa de Isaac Varela. Gralóna, Arco y Zasha, los primeros cuadros de Gaspar, fueron adquiridos aquella misma madrugada por el extraño grupo de hombres por una cantidad tan ingente de dinero que cualquier persona habría dudado de su legítima procedencia.

Y así, mientras Isaac, Simón y Piedad tejían una fétida telaraña de beneficio ajeno, Gaspar se precipitaba a paso agigantado al insondable abismo de la locura.

Cuando despertó y vio vacío su taller sintió una terrible punzada en el pecho. No había sido un sueño cuando creyó escuchar las voces de unos hombres que se llevaban lo único que poseía, sus amados cuadros, la muestra evidente de un don que le había sido concedido a través de una de las más puras formas de arte, la pintura.

Su amada pintura, la única que no le había abandonado cuando cayó en el infierno del alcohol y la soledad, ya no estaba allí. El arte era el único que había permanecido a su lado las largas noches de insomnio, el que le había liberado de sus fantasmas terribles, de los monstruos que le acechaban desde otra dimensión desconocida e insondable.

Ahora no le quedaba nada. De Simón y de Isaac se lo podía haber esperado, no eran más que dos miserables gusanos ambiciosos y malvados, pero no de Piedad, la dulce mujer que para él había sido siempre la encarnación de la bondad. Jamás habría pensado que  hubiera un atisbo de maldad en ella.

La opresión de su vacío taller y el dolor de la traición le hicieron caer de rodillas, despojado de fuerza alguna, frente al caballete que albergó a Gralóna, aquella terrible tortuga que tantas noches lo arrastró a la locura. Gruesas lágrimas corrieron a asomarse a sus ojos y a resbalar hasta quedar atrapadas en su barba. Ahora el taller, y su propia vida, le parecían enormes, inabarcables.

Lo irreal no cesó sutilmente de mezclarse con lo real. En más de una ocasión le pareció ver una pequeña cara asomarse por una de las esquinas de la casa, esta era orejuda, con enormes ojos y lo observaba desde una de las esquinas, casi a nivel del suelo. «Píntalo», le decía. Pero Gaspar no sabía qué quería decir con aquello. La voz, que creía que procedía de aquel rostro desfigurado, se mezclaba con otras muchas que iban y venían. Se tapaba los oídos en un inútil intento de dejar de escucharlas, pero aquello no parecía dar resultado.

De pronto creyó entenderlo; cogió uno de los muchos lienzos en blanco y lo colocó donde hacía tan solo unos días había colocado por primera vez el que sería el primer cuadro de aquella etapa: Arco.

Un destello ocre de luz que medía inciertamente la hora se reflejó en el vidrio de su botella. Siempre el maldito alcohol. Lanzó la botella contra el suelo pero no se fracturó lo más mínimo. El sonido de cristales reventando, sin embargo, le hizo levantarse, sobresaltado, del taburete. Se agachó para recogerla, estaba intacta, pero al acariciarla con la mano izquierda, miles de diminutos pedazos se dispersaron en el aire y quedaron flotando en él durante algunos segundos para caer después con fuerza.

Se había cortado la piel y sangraba. Le escocía demasiado para ser un sueño. Se limpió la mano en la tela inmaculada sobre la que iba a pintar lo que le ordenaba aquella voz imperativa cuyo susurro se alzaba sobre el de las demás. El rastro que la sangre dejó en el lienzo le pareció el inicio de algo que ya vagaba por su mente.

Cogió el pincel y, con mano firme a pesar del precario y enfermizo estado mental y físico en el que se encontraba, lo impregnó de un color azulado y rojizo al mismo tiempo. Lo aproximó al lienzo y pintó; volvió a mojar el pincel en esa misma tonalidad y volvió a llevarlo al que sería su último cuadro. Aquellas diestras pinceladas en la parte más elevada del lienzo pronto dejarían entrever un terrible cielo bermejo. Ahora, el rastro de sangre que dejó, se había convertido en una pavorosa luminiscencia entre las nubes.

Bajo aquel cielo que presagiaba muerte y destrucción comenzó, de forma lenta y calculadora, a trazar cuatro siluetas que, con el lento pasar del tiempo, pronto comenzarían a adquirir unos inequívocos y reconocibles rasgos.

Un oscuro hábito de monja, dos hombres bien vestidos con impolutas chaquetas y un cuarto miembro, sentado de espaldas, pintando sobre un lienzo en blanco. Gaspar plasmaba, en este nuevo cuadro, en el mismo lugar donde habían habitado las anteriores pesadillas, la imagen viva de la que ahora lo tenía preso en un limbo a medias entre el sueño y la vigilia, entre la sinrazón de la locura y el orden que hay bajo la luz del día.

Su pincel cargado de odio y de destreza, de miedo y de pasado, recorría la tela blanca como si volase contra el viento, con la fatigosa dificultad de quien apenas tiene aire para respirar, de quien se muere de sed en un océano plagado de remolinos monstruosos.

En ese preciso instante todo se volvió negro; la luz se transformó en oscuridad y la vida en muerte.

Nada se volvió a saber de Gaspar, Isaac Varela, Simón Perasi o de la abadesa, Piedad. La búsqueda fue todo un desafío para las autoridades de los escasos pueblos y ciudades vecinas a Puerto Blanco, que en vano removieron hasta el último recoveco de los alrededores sin éxito. Parecía que el infierno los hubiera engullido a los cuatro. Sus ropas permanecían en sus armarios y sus pertenencias intactas, no se trataba de una huida.

Mucho se investigó pero nunca se halló a los desaparecidos. En el interior de la iglesia, en la sacristía, se encontró un extraño cúmulo efervescente y hediondo que parecía arrastrarse por el suelo y poseer vida propia. Ese mismo cúmulo, compuesto por un organismo desconocido para la ciencia, también apareció en la casa del alcalde, en la del superintendente de policía y en la de Gaspar, frente al último cuadro que había pintado este y en el que se representaban ellos cuatro.

La última pesadilla había quedado atrapada en la misma prisión que el propio don que la capturó. Los rostros deformados levemente por la codicia que en él aparecían daban testimonio de la tortura de haberse convertido en una pesadilla de la cual ya no podrían salir jamás. El pintor aparecía de espaldas en su último cuadro, quizás sin saber aún que estaba cautivo en su propia pintura.

Quien a bien tenga encontrar ese último cuadro, cuídese mucho de sucumbir al hechizo de sus trazos.

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  1. ¡Esplendida narrativa! Sin duda éste relato es una gran obra de arte. Por cierto, excelente colaboración, espero que haya muchas más por el estilo. ¡Felicidades!

  2. Tengo que admitir que no sé por cual decidirme, sinceramente antes de que publicarais ésta última narrativa lo tenía muy claro, Gralóna era mi relato favorito de cuantos habíais publicado hasta el momento, pero… cuando terminé de leer éste, no puedo decidir por cual es el afortunado. Es sencillamente increíble; sin duda alguna hacéis un magnifico equipo con Arima y espero volver a veros en colaboración. 🙂

    1. Muchas gracias por el comentario, Stas. Ya me habías comentado en más de una ocasión que te gustaba Gralóna, la devoradora de galaxias. Me alegro de que hayas disfrutado del relato. Un saludo. 🙂

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