La consulta de los muertos

Daniel y Analia, compañeros de trabajo y grandes amigos, ambos jóvenes y de sana complexión atlética, se verían de nuevo envueltos en una frenética carrera en dirección al cementerio de aquel pueblo costero de nombre Puerto Blanco. Aquella noche de negro cielo sin estrellas y de frío hálito, sería una de las muchas que pasarían recorriendo el sombrío paraje, bajo la débil claridad de la luna que los bañaba con su espectral y frío fulgor por exiguos e interrumpidos instantes.

    Sus mentes, eclipsadas por un oscuro lienzo obra de algún ser demente, solo dejaba manifestarse en ellas el sólido deseo de llegar a un destino bien conocido con anterioridad, aunque ya olvidado por alguna extraña razón que ni siquiera habían alcanzado a atisbar. No les importaba; lo único que les ataba en aquel instante era el momento que estaba por venir.

    Era tal la velocidad a la que corrían que ninguno de los dos reparó en el contacto que sus dos extremidades inferiores mantenían con el suelo. Aquel par de almas, férreas prisioneras del tiempo, habían llegado una vez más a su destino.

    —¡Vamos! Saca la tabla, que yo la vea —gritó la chica, eufórica, tomando asiento en el suelo cubierto de otoñales hojas color bronce, junto a una de las cientos de lápidas que acompañaban a cada una de las sepulturas.

    —De acuerdo, de acuerdo. Pero no te emociones tanto, cualquiera diría que es la primera vez que juegas —respondió su compañero sentándose a su vez junto a otra de las lápidas.

    El cementerio, elevado sobre un promontorio junto al pueblo, había poseído, desde tiempos inmemoriales, más funestas lápidas que habitantes; la causa la tenía una serie de nefastas y extrañas epidemias que diezmaron el apartado lugar durante años. Inexplicablemente, las epidemias nunca afectaron a las poblaciones colindantes, aun estando estas a muy escasos kilómetros las unas de las otras. Ahora, el deshabitado pueblo, casi inhalado por la muerte, había dejado atrás, para alivio eterno de sus escasos moradores, aquellos mortales e impiadosos castigos de la naturaleza.

    Una vez ascendida la indeseada colina de ennegrecida tierra, se podía apreciar, con respeto y temor —un respeto reservado a los muertos que allí yacían, y un temor suscitado igualmente por ellos—, un mar de muerte conformado por cientos de lápidas que se extendían más allá de donde lograba alcanzar la vista.

    Daniel, con mano firme y sin titubear, miró dentro de la mochila que llevaba consigo y extrajo de ella una vieja tabla de madera. Esta estaba decorada con el dibujo de una luna de inquietante rostro en la parte derecha y, junto a esta, figuraba la palabra No. Al otro lado, en la izquierda, un sol igualmente con rostro, a este le acompañaba, de igual y variante forma, la palabra Sí. Bajo estos dos dibujos y vocablos, tallado sobre la madera al igual que el Sí y el No, se dejaba ver el alfabeto, y bajo este una numeración del cero al nueve. Finalmente, la palabra Adiós que, tallada sobre la madera en la parte más baja de la tabla, llamó rápidamente la atención de los chicos, pues el color de la madera en esta zona se tornaba bruscamente a un negro azabache.

    —¡Eh! ¿Quién ha quemado la tabla? —preguntó Analia algo exaltada al ver la parte baja de la misma.

    —Ni idea, no recuerdo que le haya pasado nada. A no ser… —El joven rascó con la uña la parte quemada y esta comenzó a desprenderse en forma de fino y negro polvo, cayendo al suelo. Daniel se detuvo con nerviosismo nada más ver lo ocurrido—. No es nada, seguro que habrá podido quemarse por accidente, o cuando estuvo en casa de la abuela. Recuerda que a ella este tipo de cosas nunca le han gustado.

    La palabra Adiós ahora estaba parcialmente borrada, tan solo mostraba sus tres primeras letras.

    —¿Insinúas que la abuela le ha prendido fuego al juego? —preguntó Analia divertida. Ambos irrumpieron en sonoras carcajadas que cesaron casi al instante.

    Los dos jóvenes, inquietos por el reciente descubrimiento y sin querer creer del todo en las aparentes explicaciones lógicas que pudiesen surgir, pusieron el macabro juego de la Ouija sobre el suelo y se miraron por largo rato.

    ¿Qué infortunado acontecimiento podría presentarse en aquella consulta con los muertos? Ya habían llevado a cabo varias sesiones, casi una por día, y en ninguna de ellas había pasado absolutamente nada a destacar, al menos nada importante que sus cansadas mentes recordasen…

    Ahora, ambos colmados de una extraña sensación de emoción por el momento, instalaron los dos candiles que llevaban consigo junto al tablero, y estos iluminaron la superficie del mismo con un tono diabólicamente rojizo y vivamente similar al fuego de uno de los infiernos.

    Analia sacó el puntero en forma triangular de la mochila y lo colocó cuidadosamente sobre la letra G del alfabeto, casi en la parte más céntrica de aquella superficie.

    —¿Qué preguntas haremos hoy? —quiso saber Daniel.

    —No sé. Podríamos… —Analia quedó pensativa, con la vista fija en aquel antiguo modo de comunicación con otras realidades por un lapso inconcreto de tiempo—. Podríamos preguntar por qué está quemada la tabla —finalizó.

    El frecuente uso de la Ouija, junto a las cientos de sesiones que habían llevado a cabo, había habituado a los dos jóvenes a no tomarse muy en serio las preguntas a formular: una manía llevada a su punto más álgido por la carencia de la novedad y la pérdida del fácil y quebrantable respeto; un respeto que nunca debió haber mermado en ellos.

    —De acuerdo —aprobó Daniel llevando su dedo índice al puntero y poniéndolo sobre él. Analia lo imitó.

    Ambos se concentraron e hicieron la rancia pregunta de apertura que siempre habían hecho: ¿Hay alguien ahí?

    Una solitaria y gélida brisa estremeció las escuálidas ramas de los árboles cercanos en aquel lugar de muerte.

    ¿Cómo no va a haberlo? Me pregunté cuando escuché a aquel par de necios jóvenes por segunda vez. Después de darme a conocer y presentarme como fue debido, respondí a su principal y ridícula duda: ¿Quién quemó la palabra Adiós de la Ouija? «Vosotros, vosotros habéis sido» les contesté.

    No fui yo el que con maestría promoví el pequeño incendio en aquel tablero, sino ellos. Ellos fueron los que, engañados con la facilidad de un niño, quemaron la palabra de aquel primitivo objeto mediante el que se habían puesto en contacto conmigo. Sin ser apenas conscientes de sus actos, la única palabra capaz de cerrar la puerta que me mantenía en ancha relación con su dimensión dejó de tener efecto.

    No me creyeron. Es lógico, no recordaban nada de lo ocurrido aquella noche. No recordaban entre muchas cosas que fui yo el motivo de su muerte.

    Condenados a vagar durante eones en un bucle infinito, constituido por los últimos momentos de sufrimiento que habían vivido miserablemente en aquella dimensión, revivirían una y otra vez su dolor, sus preocupaciones, su miedo, un miedo genuino, más antiguo que la humanidad, y de ese vivo y pútrido miedo yo me llenaría y saciaría.

    Les hice ver, otra vez, sus nombres inscritos en las leucofeas y desportilladas lápidas junto a las que habían tomado asiento, con las fechas de su nacimiento y muerte. Entonces advirtieron que llevaban sepultados cientos de años y que sus cuerpos, consumidos por la tierra y el largo pasar de los años, ya no eran parte de ellos. Pude ver sus grotescos rostros y cuerpos deformarse y caer al suelo, y ser parte de nuevo de lo que siempre habían sido. Y cuando volvieron el día siguiente, y el siguiente del siguiente, me sentí poderoso de tener dos almas más en eterno cautiverio.

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