Mi observador favorito

Volví a visitarlo al día siguiente, al caer la tarde. Me senté con las piernas cruzadas frente a él. La marchita hierba se oprimió contra mis desnudas piernas, bajo el ligero peso de mi cuerpo. Me estremecí, no por el contacto de esta, si no por el recuerdo del día anterior.

    Nada más llegar me preguntó si había comido, pues ya se encontraba avanzada la tarde. Le respondí que no, pues no tenía un horario establecido para la nutrición de mi cuerpo; comía cuando el hambre simplemente llamaba. Él pareció asentir.

    Sus viejos y largos dedos se alzaron, cogieron de lo alto de uno de los árboles cercanos un fruto, y me lo ofreció. Yo lo acepté, y llevándomelo con timidez a la boca, lo mordí; el primer contacto con este fue áspero y su sabor, dulce. Nunca antes había degustado algo parecido. Al rato terminé de comer y me entró sed: tenía la boca pastosa. Fue entonces cuando, sin la necesidad de una expresión oral, me invitó a que me levantase y mirase tras él. «Aquí hay agua», supe de alguna forma que me había dicho.

    Me puse en pie y anduve hacia la supuesta fuente de agua. Tras dar unos pocos pasos y ver que él se mantenía en silencio, sin decir ni hacer nada, me detuve. Lo miré, esperando a que me diese alguna indicación. El silencio se cernió aún más sobre nosotros como un pesado manto tras la ausencia de mis pasos. La única señal que demostraba que él era consciente de mi presencia era aquella cansada y sabia mirada; esta la tenía fijamente clavada en mí. Agaché la cabeza, y dando a entender que había comprendido el mensaje que me había hecho llegar de aquella inhabitual forma, reanudé el movimiento de mi pausada marcha. Pasé junto a su alta y recia figura, y al hacerlo tuve sumo cuidado de no tocar su rugosa piel.

    Entonces lo vi: un lago de aguas cristalinas que se extendía más allá de donde lograba alcanzar la vista. Su orilla, repleta de cientos de lirios de bellas y perfectas flores, hacía del conjunto una visión única. Recuerdo como el dulce olor a tierra mojada llegó hasta mí, recuerdo haber inspirado profundamente, una única vez, llenando mis pulmones de aquella fragancia natural. Luego hinqué mis rodillas en la grisácea y húmeda tierra, y formando con mis manos una concavidad, cogí agua y bebí. Tras ser mi sed saciada me puse en pie de nuevo y observé aquel bellísimo paisaje por unos instantes, olvidándome completa y momentáneamente de mi efímera existencia terrenal.

    Más tarde volví a tomar asiento frente a él. Fue entonces cuando el viento, veloz mensajero, hizo presencia y le otorgó su don: la voz.

    Recuerdo como mis oídos comenzaron a escuchar palabras desconocidas e ininteligibles, y otras muchas en idiomas que identifiqué y alcancé a entender. Estas tenían una viva definición, aunque inconexas entre sí, y surgían como al azar sin formar oración alguna que pudiese ser clara y comprensible. Así permaneció por un largo periodo de tiempo que no supe determinar. Luego se detuvo, y tras dejar que el viento chocase y corriese a través de él, emitiendo rumorosos silbidos, una hueca y cálida voz sonó. Al principio fue baja, como un susurro, luego fue poco a poco en aumento y se hizo cada vez más clara.

    —Grandiosa e ilimitada fue la capacidad de creación que se le concedió a cada individuo, pero pequeños y presuntuosos fueron sus principios —dijo—. ¿De qué sirvieron cientos de años de evolución tecnológica si el periodo de esplendor de esta sería breve y tendría un trágico final? Solo el tiempo lo sabe. Sus avances tecnológicos… jamás trascenderían a otras civilizaciones, pues esta pérdida de conocimientos ya dio lugar una vez.

    «Idear artefactos en los que mediante el agua permitían guardar todo tipo de información y acceder a ella en cualquier momento o lugar, paneles en los que se exponían ellos, y a su vez, podían mostrar otras partes del mundo, formas de traslado que ni creerías… —Se hizo un largo silencio—. He vivido y observado el tiempo suficiente para ver estas y muchas cosas más. Doy fehacientemente testimonio de todas ellas.

    No supe qué decir. Fue el más viejo y sabio de todos ellos. Había hablado con él en alguna otra ocasión, y con regular frecuencia lo encontraba conversando consigo mismo. Quizás estuviese retomando una conversación previamente interrumpida de otro oyente que acudió a su presencia antes que yo y este, por algún motivo que desconozco, se habría marchado, dejándolo allí, inmerso en un eterno monólogo y sin receptor alguno de sus increíbles historias.

    Él había presenciado los acontecimientos más arcaicos e increíbles de nuestra historia, su ilimitada y antiquísima mente los contenía todos y cada uno de ellos. Aquellas historias no podía contarlas ningún otro, por eso era mi observador favorito.

    —¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté, reacio a rasgar el joven silencio que acababa de hacerse presente.

    —El suficiente para ver nacer tu raza dos veces. —El latente murmullo de sus compañeros más cercanos se alzó, llegando hasta nosotros y haciendo que este guardase silencio por unos segundos—. Querrás saber cuánto tiempo es ese, ¿verdad?

    —En realidad no —contesté lacónicamente, con temor de recibir una respuesta que no lograse entender y que, además, requiriese de más preguntas para aclararla. Mi capacidad para comprender en plenitud prolongaciones muy extensas de tiempo era limitada, de nada me hubiese servido que él expusiese una cifra numérica, pues jamás podría haber llegado a interpretarla correctamente—. Tan solo querría saber… —titubeé. Una duda, originada tras escuchar las primeras palabras del sabio observador y que se transformó en una pregunta de trascendental importancia, salió de mis labios—. ¿Cómo podremos saber que nuestra raza nacerá de nuevo una vez que ya no esté?

    —Variantes y diversas formas hay —dijo al fin, tras pasar unos minutos de presunta reflexión—. Deja que te cuente una breve pero significativa historia.

    Escuché atentamente:

    —Cuando un periodo de paz llega a su fin, se da el florecimiento de una era oscura. Esta era oscura de la que voy a hablar transcurrió hace mucho tiempo ya, y fue la primera de muchas en prolongarse año tras año, llegando incluso a durar más que una era de luz.

    «Los seres humanos, pequeños e insignificantes, se creyeron poseedores de una potestad que en realidad nunca tuvieron. De esta forma me hicieron juez, juez de una siempre sentencia a muerte ya dictada que nunca pude cambiar, aun leyendo y sabiendo la verdad en los desencajados rostros de aquellas víctimas reservadas a tal horrendo final.

    »Al poco tiempo comenzaron a conocerme como El Asfixiador, pues de esta atroz forma morían aquellos hombres y mujeres. Si algún individuo llegaba frente a mí, era para entrar en el profundo templo de tierra y muerte.

    »El ancestral pacto que tenía con Madre Tierra se corrompió y me vi obligado a hacer una alianza con El Rayo, desterrado hacía milenios y condenado a vagar eternamente en los cielos, sin poder tocar tierra. Aprovechando la avanzada y rápida corrupción de la naturaleza, le ofrecí volver por medio de nuestra raza.

    »El Rayo, siempre servicial, aceptó, y me concedió su poder para acabar con aquella turbación que me asolaba. Una vez por día, hasta que se anunció la consumación de aquella era oscura, su poderío cayó sobre mí; privado de cada una de mis extremidades, aquellos cuerpos, ya inertes, caían con ellas a tierra, fundiéndose en un eterno y macabro abrazo.

    »Luego llegaron Las Almas afiladas, devastando con todo a su paso, remplazando la vida por la muerte. Mas en mí permaneció su respeto, pues era parte de su vesania».

    Silencio.

    —Podrás saber, mediante el trato que se nos otorgue, si una era de luz u oscuridad está por llegar. Pero que en ti albergue la calma, pues mientras haya un solo observador con vida, la humanidad, tal y como la conoces, volverá a nacer una y otra vez.

 

    Los recuerdos del día anterior, resquebrajados como una vasija de porcelana por un férreo pensamiento de culpabilidad, dejaron de acudir a mi mente: debí haber hecho algo, él me dijo lo que había pasado, que volvería a pasar y… pasó. Aun siendo consciente de la situación y teniendo la información, no hice nada. No pude hacer nada. Ni tan siquiera llegué a pensar que tendría que vivir aquella era, una que se me antojó extrañamente lejana.

    Lentamente me puse en pie. Ante mí se extendía una extensa y marchita llanura. Muchos como él, puros y eternos, allí permanecían, sin vida. Dos únicas lágrimas de tristeza corrieron por mis mejillas, detuvieron su curso en los límites de mi rostro y cayeron al suelo.

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